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LA COMUNIDAD
La vida en un monasterio se caracteriza por su sencillez y deseo de ir a lo esencial. El monje, respondiendo al significado de su nombre, busca la soledad para reencontrar su unidad interior, donde descubre a Dios, el fundamento para edificar solidariamente la fraternidad con sus semejantes. Su jornada y su estilo de vida no pretenden otra cosa que ayudarle en ese camino.
La soledad cisterciense se vive en fraternidad con otros hermanos, creando unos lazos de comunicación que no sólo implican la palabra, sino también el afecto del corazón. No se trata de sumar soledades, sino de descubrir y construir juntos la unidad.
LA ORACIÓN LITÚRGICA
La
oración litúrgica manifiesta
en los diversos momentos del día la presencia de Dios en toda nuestra
vida, con el trasfondo de una visión cósmica que tiene al sol -Cristo,
luz del mundo- como su eje. Siete
veces al día se reúnen los monjes para alabar a Dios en la liturgia y
celebrar su misterio de salvación, cuyo centro es la eucaristía. Lo
hacen sintiéndose Iglesia y humanidad, dirigiéndose a Dios movidos por
el Espíritu, en acción de gracias y alabanza, en actitud suplicante y
confiada. De
noche todavía, antes de las 5, el monje se levanta para cantar las Vigilias o Maitines, resaltando con ello la
actitud vigilante del que espera la venida del Señor, simbolizado en el
sol naciente. Con
la salida del sol los hermanos se reúnen de nuevo para la oración de Laudes
y para celebrar la Eucaristía, alabando a Cristo resucitado y vencedor
de las tinieblas del pecado. Al reconocer el propio pecado, el cristiano
se abre a la reconciliación traída por Cristo, la recibe al participar
de su cuerpo y de su sangre y la ofrece a todos con su vida de entrega y
de servicio. A
media mañana, al mediodía y al comienzo de la tarde se vuelven a reunir
los monjes para unas breves oraciones litúrgicas que llamamos Horas
Menores (Tercia,
Sexta y Nona) y que vienen a ser pequeños altos en
la jornada para el recuerdo y la alabanza divina. Al
atardecer se canta el oficio de
Vísperas, donde el monje ofrece toda su jornada en acción de gracias y se pone
confiadamente en manos de Cristo, la Luz que no tiene ocaso, sabedor de
que las tinieblas de la noche, que simbolizan el mal, no prevalecerán. Finalmente, justo antes de irse a dormir, el día se concluye con el oficio de Completas. Hora de gran sosiego y confianza que termina invocando a la Virgen María con el canto de la Salve.
"Serán auténticos monjes si viven del trabajo de sus manos" (RB 48), dice San Benito. Los monjes viven el trabajo como expresión de pobreza y medio de libertad y solidaridad. Pobreza, al no vivir a costa de otros, sino de su propio esfuerzo. Libertad, al no tener que depender innecesariamente de los demás y preservar así el estilo de vida monástica que desean seguir. Solidaridad al compartir sus bienes con los pobres y necesitados. Es por ello que comercializan los productos que elaboran y realizan cualquier tipo de trabajo, siempre que no sea un obstáculo para el fin que persiguen.
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