REGLA DE S. BENITO ABAD

 

 PROLOGO

CAPITULO I:       De las diversas clases de monjes

CAPITULO II:      Cual debe ser el Abad

CAPITULO III:     Cómo los monjes han de ser llamados a Consejo

CAPITULO IV    De los instrumentos de las buenas obras

CAPITULO V:       De la obediencia

CAPITULO VI:     Del hábito del silencio

CAPITULO VII:    De la humildad

CAPITULO VIII:   De los oficios divinos por la noche

CAPITULO IX:      Cuántos salmos se han de decir en las horas de la noche

CAPITULO X:       Cómo debe celebrarse el Oficio Nocturno en tiempo de estío

CAPITULO XI:      Cómo se han de decir las Vigilias en los Domingos

CAPITULO XII:    Cómo se han de celebrar los Laudes

CAPITULO XIII:   Cómo se han de celebrar los Laudes en los días feriales.

CAPITULO XIV:    Cómo se han de celebrar las vigilias en las fiestas de lo santos

CAPITULO XV:      En qué tiempo se ha de decir Aleluya

CAPITULO XVI:     Cómo se han de celebrar los oficios divinos por el día

CAPITULO XVII:    Cuántos salmos se han de decir en cada hora del día

CAPITULO XVIII:   Con qué orden se han de decir los salmos

CAPITULO XIX:      Del Modo con que se ha de cantar

CAPITULO XX:       De la reverencia en la oración

CAPITULO XXI:      De los Decanos del Monasterio

CAPITULO XXII:    Cómo han de dormir los monjes

CAPITULO XXIII:   De la excomunión por las culpas

CAPITULO XXIV:    Qué modo se ha de guardar en la excomunión

CAPITULO XXV:      De las culpas más graves

CAPITULO XXVI:     De los que sin orden del Abad se juntan con los excomulgados

CAPITULO XXVII:    De la solicitud con que debe cuidar el Abad de los excomulgados

CAPITULO XXVIII:   De los que muchas veces corregidos no se enmiendan

CAPITULO XXIX:      Si deben ser de nuevo recibidos los monjes que han salido del monasterio

CAPITULO XXX:        Como han de ser corregidos los de menor edad

CAPITULO XXXI:       Del mayordomo del monasterio

CAPITULO XXXII:      De las herramientas y demás cosas del monasterio

CAPITULO XXXIII:     Si deben tener los monjes alguna cosas propia

CAPITULO XXXIV:      Si deben todos recibir igualmente lo necesario

CAPITULO XXXV:        De los semaneros de cocina

CAPITULO XXXVI:       De los monjes enfermos

CAPITULO XXXVII:     De los ancianos y de los niños

CAPITULO XXXVIII:    Del lector semanero

CAPITULO XXXIX:      De la tasa de la comida

CAPITULO XL:           De la tasa de la bebida

CAPITULO XLI:          A que horas deben comer los monjes

CAPITULO XLII:        Que nadie hable después de completas

CAPITULO XLIII:       De los que llegan tarde al Oficio divino o al refectorio

CAPITULO XLIV:       Cómo han de satisfacer los excomulgados

CAPITULO XLV:        De los que yerran en el coro

CAPITULO XLVI:      De los que caen en otras cualesquiera faltas

CAPITULO XLVII:     Del que ha de hacer señal para el Oficio divino

CAPITULO XLVIII:    Del trabajo de manos

CAPITULO XLIX:      De la observancia de la Cuaresma

CAPITULO L:          De los monjes que trabajan lejos del monasterio o van de camino

CAPITULO LI:         De los monjes que no van muy lejos

CAPITULO LII:        Del oratorio del monasterio

CAPITULO LIII:       Cómo se ha de recibir a los huéspedes

CAPITULO LIV:        Que no debe el monje recibir cartas ni presentes

CAPITULO LV:         Del vestido y calzado de los monjes

CAPITULO LVI:        De la mesa del abad

CAPITULO LVII:       De los artífices del monasterio

CAPITULO LVIII:      Del modo de recibir a los novicios

CAPITULO LIX:        Del modo de recibir los niños, así sean de nobles como de pobres

CAPITULO LX:         De los sacerdotes que quisieran ser monjes

CAPITULO LXI:        Cómo han de ser recibidos los monjes extranjeros

CAPITULO LXII:       De los sacerdotes del monasterio

CAPITULO LXIII:      Del orden de la comunidad 

CAPITULO LXIV:       De la elección del abad

CAPITULO LXV:        Del Prior del monasterio

CAPITULO LXVI:       Del portero del monasterio

CAPITULO LXVII:      De los monjes que van de camino

CAPITULO LXVIII:     Qué deben hacer los monjes si les mandan cosas imposibles

CAPITULO LXIX:       Que ninguno se atreva en el monasterio a defender a otro

CAPITULO LXX:        Que ninguno se atreva a castigar a otro

CAPITULO LXXI:       Que los monjes se obedezcan unos a otros

CAPITULO LXXII:      Del buen celo que deben tener los monjes

CAPITULO LXXIII:    Que no se incluya en esta regla la práctica de todas las virtudes

 

 

 

 

PROLOGO

Escucha hijo los preceptos del maestro y aplica el oído de tu corazón: recibe con gusto y ejecuta con eficacia los avisos de un piadoso padre; para que vuelvas por las penalidades de la obediencia a aquel de quien te habías apartado por la desidia de tu desobediencia. A ti, pues, se dirige ahora mi exhortación, cualquiera que seas, que despojándote de tu propia voluntad, tomas las brillantes y muy fuertes armas de la obediencia para militar bajo las banderas de Cristo, verdadero Rey y Señor.

El primer aviso que te doy es, que le pidas con oración muy fervorosa y continuada, que perfecciones cualquiera obra buena que emprendas, para que pues se ha dignado contarnos ya en el número de sus hijos, no tenga motivo jamás de contristarse por nuestra mala conducta; porque de tal modo le hemos de obedecer y hacer en todo tiempo un uso tan fiel de sus dones, que no solo no tenga lugar como padre airado de desheredarnos alguna vez como a hijos ingratos, sino que tampoco le tenga como Señor terrible, irritado por nuestros excesos de condenarnos a penas eternas, como a siervos perversos que no quisieron seguirle a la gloria.

Levantémonos, en fin pues nos despiertan las voces de la Escritura, que dice: "Ya ha llegado la hora de salir de nuestro sueño". Y abriendo los ojos a la divina luz, escuchemos con pavor las palabras que el celestial oráculo hace resonar todos los días a nuestros oídos diciendo: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones. Y otra vez: El que tiene oídos, oiga lo que el Espíritu Santo dice a los fieles. ¿Y qué dice? Venid hijos, escuchadme; os enseñaré a temer a Dios: corred mientras os dura la luz de la vida, antes que con la muerte os anochezca.

Y en otro lugar, buscando su obrero fiel en medio de su pueblo, a quien dirige estas palabras, dice también. ¿Quien es el hombre que desea la vida, y disfrutar días felices? Y si oyendo tú su voz, respondieres: Yo, repite diciéndote: Si quieres lograr perpetua y verdadera vida, no se abra tu boca para hablar mal, y no pronuncien tus labios dolo alguno: apártate del mal y obra el bien: busca la paz y síguela. Y cuando esto hiciereis, pondré en vosotros mis ojos, y mis oídos a vuestros ruegos, y antes que me invoquéis diré: Aquí estoy. ¿Qué cosa más dulce para nosotros, carísimos hermanos que esta voz del Señor que nos convida? Tanta es la Bondad de Dios, que El mismo nos muestra el camino de la vida. Ceñidos, pues con la fe y la práctica de las buenas obras, sigamos el camino del Señor por las sendas del Evangelio para que merezcamos ver en su reino a aquel que nos ha llamado.

Mas si queremos morar en su real palacio, hemos de saber que no se llega a él sino corriendo por el camino de las buenas obras. Pero preguntemos al Señor, diciéndole con David: ¿Quien Señor, habitará en tu palacio, y quien tendrá en tu monte santo descanso eterno? Hecha esta pregunta escuchemos lo que el Señor responde, y como nos guía y muestra el camino de esta morada, diciendo: Aquel cuya vida es inocente, y que obra bien; el que habla verdad con sincero corazón; el que en sus palabras no tiene dolo; el que no hace mal a su prójimo; el que no da oídos a calumnias de su hermano. El que, cerrando todas las puertas de su corazón a las sugestiones y a la malicia del demonio, lo aleja de si, destruye sus fuerzas, reprime y estrella sus tentaciones, luego que las advierte, contra la verdadera piedra que es Cristo. Los que temiendo al Señor, no se ensoberbecen por su buena conducta, antes sabiendo que por si nada pueden, y que Dios es el autor de sus buenas obras, le glorifican en ellas, diciendo con el profeta: No a nosotros, Dios mío,  no a nosotros sino a vuestro solo Nombre es a quien toda gloria es debida. Al modo que el Apóstol S. Pablo, no atribuyéndose cosa alguna a si de los frutos de su predicación, decía: Por la gracia de Dios soy lo que soy; y en otra parte: El que se gloría, gloríese en el Señor.

Por esto dice Cristo en su Evangelio: El que oye y guarda mi doctrina, será semejante al varón sabio que ha edificado su casa sobre piedra. Vinieron recias borrascas de viento y lluvia y la batieron; pero se mantuvo firme, porque estaba fundada sobre piedra.  Para colmo de esto, el Señor espera cada día deseando que correspondamos con buenas obras a estos sus santos avisos. Por eso nos da treguas todo el tiempo de nuestra vida, para que enmendemos nuestros excesos, diciéndonos con el Apóstol: ¿Por ventura ignoras que la paciencia de Dios te convida a penitencia?  Y este Dios, todo lleno de piedad, dice en otra parte: No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y que viva.

Habiendo pues, preguntado, hermanos míos, al Señor por el que ha de habitar en su casa, oímos lo prescrito para habitar en ella; y que si cumplimos con las obligaciones de sus moradores, seremos herederos del reino de los cielos. Preparemos pues nuestros cuerpos y corazones para militar bajo la santa obediencia de sus preceptos y roguemos al Señor que no de las gracias necesarias para poder observar lo que excede a las fuerzas de nuestra naturaleza. Porque si queremos evitar las penas del infierno y conseguir la vida eterna, es preciso que, mientras podemos, mientras estamos en este cuerpo mortal, y nos lo permita la luz de esta vida, corramos y hagamos desde luego lo que puede hacernos eternamente felices.

Para esto vamos a instituir una escuela en que se enseñe a servir al Señor; en la cual esperamos no  establecer cosa alguna que sea muy austera, ni muy penosa. Mas si la justicia, y la razón,  el deseo de corregir los vicios y de conservar la caridad, nos obligase a ordenar algunas cosas con alguna estrechez, no por eso dejéis asustados el camino de la salud, cuyos principios son siempre estrechos; pero a medida que se adelanta en la senda de la piedad y de la fe, se corre, dilatado el corazón, en el camino de los divinos mandamientos con inefable dulzura de caridad; de modo que, no apartándonos jamás de la escuela de este divino Maestro, y perseverando hasta la muerte bajo sus instrucciones en el claustro, nos hagamos dignos de participar, por medio de la paciencia, de los padecimientos de Cristo, y merezcamos estar con El en su reino.

 

 

CAPITULO I 

De las diversas clases de monjes

        Es notorio que hay cuatro clases de monjes. La primera, de cenobitas o monasterial, que militan bajo una regla y de un Abad. La segunda es de Anacoretas o ermitaños; los que no por un fervor novicio, sino habiendo aprendido por largas pruebas en el monasterio y con el socorro de muchos a combatir al demonio se sienten con bastantes fuerzas para dejar la compañía de sus hermanos y emprender por si solos una nueva  guerra y pelear sin socorro ajeno, con sólo sus brazos y la protección de Dios, contra los vicios de la carne y de los pensamientos.

La tercera y sumamente detestable clase de monjes es la de los sarabaítas, que sin observancia de   alguna  regla, sin dirección de maestro, y sin haber sido probados como el oro en el crisol, susceptibles al contrario de todo género de impresiones como el plomo, guardan en sus obras fidelidad al mundo y manifiestan que es contraria su vida a lo que prometen a Dios con su tonsura. Enciérranse estos sin pastor, de dos en dos, de tres en tres, y a veces solos, no en los apriscos del Señor, sino en los suyos sin mas ley que el placer de sus deseos; pues cuanto ellos piensan o eligen lo llaman santo; y lo que no les acomoda, juzgan que es delito.

La cuarta clase de monjes es de los que llaman Giróvagos, que pasan toda su vida girando por varias Provincias, hospedándose tres o cuatro días en diversos monasterios, siempre vagos, nunca estables, esclavos de la gula y de sus deleites, y peores en todo que los Sarabaítas; de cuya infeliz conducta es mejor callar que hablar. Dejados, pues estos, apliquémonos a arreglar, con el favor divino la vida de los fortísimos cenobitas.

 

 

CAPITULO II

Cual debe ser el Abad

El Abad que ha sido tenido pro digno de gobernar algún monasterio, debe acordarse siempre de este nombre, y llenar con obras el nombre de Superior, porque se cree en verdad que hace las veces de Cristo en el monasterio; pues se le da el mismo tratamiento, según el Apóstol que dice: Recibisteis el espíritu de adopción de hijos por el cual clamamos Abad, Padre. Por tanto, el abad nada debe enseñar, establecer o mandar, que se aparte (lo que Dios no quiera) DE los preceptos del Señor: lejos de esto, sus mandatos y doctrina deben, al modo de una levadura de la divina justicia, derramarse en los corazones de sus discípulos.

Tenga siempre presente el abad que se le pedirá estrecha cuenta en el tremendo juicio de Dios, así de su doctrina como de la obediencia de sus discípulos, y sepa que se imputará a culpa del pastor lo que el padre de familia echare de menos en el adelantamiento que esperaba de sus ovejas. Sólo se le dará por libre si, habiendo puesto el mayor cuidado en el gobierno del rebaño inquieto y desobediente, no perdona fatiga alguna para curar sus enfermedades, de modo que hallándose justificado en el juicio del Señor, pueda decirle con el profeta:  No escondí la justicia en mi corazón: he hecho patente tu verdad y el camino de la salvación; pero me despreciaron a mi. Y entonces por fin, recaerá la pena de muerte sobre las ovejas rebeldes a sus cuidados.

Aquel, pues, que recibe el nombre de abad, debe instruir a sus discípulos de dos modos: esto es, enseñar todas las cosas buenas y santas antes con obras que con palabras; de tal suerte, que a los discípulos capaces dé a conocer los mandatos del Señor con sus discursos, y a los menos dóciles y de cortos talentos, con su ejemplo. Sea sobre todo, su vida tan irreprehensible, que los discípulos aprendan en sus mismos hechos a evitar lo que les hubiere enseñado ser contrario a sus salvación; no sea que predicando a los demás, sea él hallado réprobo y le diga Dios cuando pecare: ¿Por qué anuncias tu mis leyes, y tomas en tu boca mi testamento? ¿Tu que has sacudido el yugo de mi doctrina y has echado al trenzado mis preceptos, y que notando en los ojos de tu hermano una mota no viste en los tuyos una viga?

No haga distinción de personas en el monasterio. No ame más a uno que a otro, sino al que hallare mas adelantado en la virtud y en la obediencia. No sea preferido el noble al plebeyo, a no ser que haya algún motivo justo para ello. Pero si le pareciere justo preferir a algunos, hágalo indiferentemente de cualquiera condición que sea: mas si no, guarde cada uno su grada, porque plebeyo y nobles todos en Cristo somos una misma cosa, y militamos igualmente todos bajo las banderas de un mismo Señor, para quien no hay acepción de personas, sino respecto de aquellos que adelantan a los demás en perfección y humildad. Tenga, pues el abad igual amor a todos, y pórtese con cada uno según sus méritos.

Porque el abad en su conducta debe observar perpetuamente lo que el Apóstol ordena cuando dice: reprende, exhorta, amenaza; esto es, que según la diversidad de tiempos, mezcle el rigor con la dulzura: mostrándose unas veces como riguroso maestro, y otras como cariñoso padre; quiero decir que corrija con severidad a los revoltosos o inobservantes, y que anime a los obedientes pacíficos y sufridos para que sean mejores; y le exhortamos que a los sediciosos y a los que desprecian sus obligaciones les reprenda y castigue.

No disimule los pecados de los delincuentes: mas acordándose de la desgracia de Helí, sacerdote de Silo, córtelos de raíz en sus principios. Corrija con palabras una o dos veces a los más dóciles y de buena índole; pero a los malos y de corazón duro, a los soberbios o desobedientes, castíguelos luego que pequen con azotes o con otras penas corporales; sabiendo que está escrito: que el necio no se enmienda con palabras. Y en otra parte: Castiga a tu hijo con la vara, y librarás su alma de la muerte.

Nunca se ha de olvidar el abad de lo que es, y del nombre que tiene, debiendo saber que a quien mas se le confía, más se le pide. Tenga presente cuán arduo y difícil es el empleo que ha tomado de gobernar las almas y acomodarse a genios diferentes; porque ha de tratarse a unos con halagos, a otros con reprensiones, a otros con consejos, acomodándose de tal modo al genio y capacidad de cada uno, que no sólo no padezca ningún detrimento en las ovejas que se le han confiado, sino que pueda gozarse de los aumentos de virtud de su rebaño.

Cuide sobre todo no despreciar la salvación de las almas que están a su cargo, de modo que prefiera a esta obligación el cuidado de las cosas transitorias, terrenas y caducas; y jamás olvide que ha tomado a su cargo regir almas, de las que ha de dar cuenta algún día. Y para que no le sirva quizás de excusa la poca renta del monasterio, acuérdese que está escrito: Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará con aumento. Y en otra parte: Nada faltará a lo que le temen.

 Y sepa que el que se ha encargado de gobernar almas, debe prevenirse para dar cuenta de ellas, teniendo por cierto que cuantos monjes le estén encomendados, de otros tantos ha de responder al Señor en el día del juicio, sin incluir su alma en este número. Y así, temeroso siempre del examen futuro que el Señor le ha de hacer de las ovejas que le ha confiado, con el recelo de la cuenta ajena, vivirá solícito de la suya; y haciendo con sus exhortaciones que los demás se enmienden, conseguirá por este medio su propia santificación.

 

 

CAPITULO III

Como los monjes han de ser llamados a Consejo

Siempre que se hubieren de tratar cosas de importancia en el monasterio, junte el abad a toda la comunidad, y hágala presente el asunto de que se trata; y oyendo el parecer de los monjes, piense despacio la cosa y resuelva lo que juzgare más acertado. El motivo de ordenar que todos sean llamados a Consejo, es porque muchas veces revela Dios lo mejor al más joven. Pero darán los monjes su dictamen con tal sumisión y humildad, que ninguno se atreva a sostener con tenacidad su parecer, sino que, estando todo al arbitrio del abad, le obedecerán en lo que él juzgare ser mas conveniente. Pero así como es justo que los discípulos obedezcan al maestro, así lo es también que el maestro disponga todas las cosas con madurez y justicia.

Observen pues, todos en todo la dirección de la Regla, y ninguno se atreva a apartarse de ella sin justa causa. Ninguno en el monasterio siga su propio parecer, ni tenga la osadía de disputar con altivez, dentro o fuera del monasterio, con su abad; y si la tuviese, sea castigado con la pena regular. Mas el abad haga todas las cosas con temor de Dios y observancia de la Regla, teniendo por cierto que ha de dar indefectiblemente cuenta de toda su conducta a Dios, justísimo juez. En los negocios de menos importancia, que se hubieren de tratar para utilidad del monasterio, consulte solamente con los ancianos, según que está escrito: Hazlo todo con consejo y después de hecho no te pesará.

 

 

CAPITULO IV

De los instrumentos de las buenas obras

1. El primer instrumento es amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas.

2. Luego amar al prójimo como a si mismo.

3. No matar

4. No fornicar

5. No hurtar

6. No codiciar

7. No levantar falso testimonio

8. Honrar a todos los hombres

 9. No hacer a otro lo que no quiere para si

10 Negarse a si mismo para seguir a Cristo.

11 Castigar el cuerpo

12 No darse al regalo

13 Amar el ayuno

14 Socorrer a los pobres

15 Vestir al desnudo

16 Visitar a los enfermos

17 Enterrar a los muertos

18 Socorrer a los atribulados

19 Consolar al afligido

20 Aborrecer la conducta y máximas del mundo

21 No anteponer cosa alguna al amor de Cristo

22 No dejarse llevar de la ira

23 No guardar ocasión de venganza.

24 No tener dolo en el corazón

25 No dar paz fingida

26 No abandonar la caridad

27 No jurar, para no exponerse a jurar en falso

28 Decir la verdad con el corazón y con la boca

29 No volver mal por mal

30 No hacer a otro injuria, y recibir con paciencia la que le hicieren

31 Amar a los enemigos

32 No volver maldición por maldición, sino bendecir a los que nos maldicen.

33 Sufrir persecución por la justicia

34 No ser soberbio

35 No ser vinoso

36 No ser voraz

37 No ser soñoliento

38 No ser perezoso

39 No ser murmurador

40 No ser maldiciente

41 Poner toda su confianza en Dios

42 Cuanto viere en si de bueno atribúyalo a Dios y no a sí.

43 Y al contrario, impútese siempre a si, y no a Dios, lo malo que hubiese hecho

44 Temer el día del Juicio

45 Temblar con la memoria del infierno

46 Suspirar con todo el corazón por la vida eterna

47 Tener todos los días presente la muerte

48 Velar en todos los instantes sobre la propia conducta.

49 Estar firmemente persuadido de que no hay lugar alguno en que Dios no le esté mirando.

50 Estrellar los malos pensamientos que le combaten en Jesucristo.

51 Y descubrirlos al padre espiritual

52 Guardar su lengua de palabras malas y viciosas

53 No ser amigo de hablar mucho

54 No decir palabras vanas o que muevan a risa

55 No reír mucho ni descomedidamente

56 Oír con gusto las lecciones santas

57 Ocuparse con frecuencia en la oración

58 Confesar todos los días a Dios en la oración, con lágrimas y gemidos, los excesos de su vida pasada, y enmendarse en adelante de ellos.

59 No consentir en los deseos que la carne y la sangre se sugieran: aborrecer su propia voluntad.

60 Obedecer en todo a los preceptos del abad, aun cuando. lo que Dios no permita, obre él de otra manera, acordándose de aquel precepto del Señor: Haced lo que os dicen y no hagáis lo que ellos hacen.

61 No querer ser tenido por santo, antes de serlo, sino serlo con efecto, para que puedan con verdad llamárselo.

62 Practicar con obras todos los días los mandatos de Dios.

63 Amar la castidad.

64 No aborrecer a nadie.

65. No tener celos ni ser envidioso

66 Ser enemigo de disputas.

67 Huir de la vanagloria

68 Reverenciar a los ancianos.

69 Amar a los más mozos.

70 Orar por los enemigos por amor de Cristo.

71 Reconciliarse antes de anochecer con aquellos con quienes haya tenido alguna discordia.

72 Y no desesperar jamás de la misericordia de Dios.

 

Estos son los instrumentos del arte espiritual, los cuales si sin intermisión cumpliéremos toda nuestra vida, reservando el premio para el día del Juicio, nos dará Dios en recompensa aquel galardón que El mismo tiene prometido: Que ojos vieron, ni oídos oyeron, ni el corazón del hombre puede comprender lo que Dios tiene preparado a los que le aman. Pero el lugar en donde hemos de practicar con desvelo todas estas cosas, son los claustros del monasterio perseverando constantes en él.

 

 

CAPITULO V

De la obediencia

El primer grado de la humildad es una obediencia pronta. Esta es peculiar de aquellos que ninguna cosa aman tanto como a Jesucristo o por razón del instituto santo que han abrazado, o por temor del infierno, o por el deseo de la gloria eterna; y en el instante que el prelado les manda algo, lo ejecutan con tal puntualidad, como si se lo mandase el mismo Dios; de los cuales dijo el Señor: Luego que oyeron mi voz, me obedecieron. Y de los prelados dice en otro lugar: El que a vosotros obedece, a mi me obedece.

Estos, pues, dejando al punto sus cosas abandonando su propia voluntad, desocupándose de todo y dejando sin acabar lo que estaban haciendo, siguen volando con las alas de la obediencia la voz del que manda, con tal prontitud que apenas hay intervalo alguno de tiempo entre el imperio del maestro y la perfecta obediencia del discípulo; de tal modo que estas dos acciones se ven casi siempre juntas en aquellos que temen a Dios. Y como aspiran al gozo de la vida eterna, por eso éstos entran en el camino estrecho del cual dice el Señor. Estrecho es el camino que guía a la vida y privándose de su propia libertad, y no obedeciendo a sus deseos ni apetitos, se abandonan del todo a la dirección e imperio de otro, deseando únicamente vivir en el monasterio sujetos a un abad que les gobierne. Estos, sin duda, son los que imitan el ejemplo de Jesucristo que dice: No vine a hacer mi voluntad, sino la del que me envió..

Pero esta obediencia ni será grata a Dios ni agradable a los hombres si no se ejecuta lo mandado sin dilación, sin tardanza, sin tibieza, sin murmuración y sin réplica que indique resistencia en el que obedece; pues la obediencia que se da a los prelados se da a Dios, como El mismo tiene dicho: El que a vosotros oyen a Mi me oye;  y también es necesario que los discípulos obedezcan de buena voluntad;  porque solo aquel agrada a Dios, que da con alegría; y al contrario, si el discípulo obedece con repugnancia y murmura, no digo con la boca, sino allá en su interior, aunque cumpla con el precepto, no será agradable su obediencia a Dios, pues ve le interior del que murmura; y lejos de conseguir por esto premio alguno, se hace acreedor a la pena de los que murmuran, si no se enmienda y hace penitencia de ello.

 

CAPITULO VI

Del hábito del silencio

Hagamos lo que dice el profeta: Resolví observar todos mis pasos; para no pecar con mi lengua, puse un candado a mi boca; enmudecí, me humillé, y me abstuve de hablar aun de las cosas buenas. En estas palabras nos enseña el Profeta que si debemos algunas veces abstenernos de conversaciones santas por respeto al silencio, )con cuanta más razón deberemos poner entredicho a las malas por el temor del castigo que merece el pecado? Por esta razón, raras veces se debe conceder ni aun a los discípulos perfectos, por lo importante que es el silencio, licencia para hablar, aunque sea de cosas buenas, santas y de edificación; porque está escrito: Hablando mucho no evitarás el pecado. Y en otra parte La muerte y la vida están en poder de la lengua. Y porque hablar e instruir pertenece al maestro, oír y callar conviene al discípulo. Por tanto si hubiere que preguntar algo al prelado, hágase con el respeto, sumisión y humildad posible, cuidando no hablar más de lo necesario; pero las chanzas, palabras inútiles o que puedan mover a risa, las condenamos para siempre en todos los lugares, y no permitimos que religioso alguno se atreva a chistar en semejante asunto.

 

 

CAPITULO VII

De la humildad

La divina Escritura, hermanos, nos grita: "Todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado" (Lc 14,11; 18,14; Mt 23,12). Al decir esto nos muestra que toda exaltación de si mismo constituye una forma de soberbia, de la que indica el profeta que se guardaba, cuando dice "Señor mi corazón no se ha exaltado, ni mis ojos son altaneros; ni he caminado en medio de grandezas, ni de fantasías demasiado altas para mí" (sal 130, 1-2) )Pues qué? "Si mis pensamientos no eran humildes, sino que he exaltado mi alma, la tratarás como a un niño que arrancan del pecho de su madre".

       Por tanto hermanos, si deseamos alcanzar la cumbre de la más alta humildad y queremos llegar velozmente a aquella exaltación celeste a la que se sube por la humildad de la vida presente, es preciso que levantemos por el movimiento ascendente de nuestros actos aquella escala que apareció en sueños a Jacob, por la que vio bajar y subir a los ángeles. Sin duda, a nuestro entender, no significa otra cosa ese bajar y subir sino que por la altivez se baja y por la humildad se  sube. Aquella escala erigida es nuestra vida en este mundo, que el Señor levantará hasta el cielo cuando el corazón se haya humillado. (Gen 28,12) Los largueros de esta escala decimos que son nuestro cuerpo y nuestra alma, en las cuales la vocación divina ha dispuesto, para que los subamos, diversos peldaños de humildad y de observancia.

       Así, pues, el primer grado de humildad consiste en mantener siempre ante los ojos el temor de Dios y evitar a toda costa echarlo en olvido (sal 35,2, cf. la 100,3); recordar siempre todo lo que Dios ha mandado y considerar constantemente en el espíritu como arden por sus pecados en el infierno los que depreciaron a Dios, y que la vida eterna está ya preparada para los que le temen. Y, evitando en todo momento los pecados y vicios, a saber, de los pensamientos, de la lengua, de las manos, de los pies, y de la voluntad propia, como también los deseos de la carne, piense el hombre que Dios le está mirando siempre, a todas horas, desde el cielo, y que en todo lugar sus acciones están presentes a la mirada de la divinidad, y los ángeles le dan cuenta de ellas a cada instante. (Sal 13,2).

       Esto es lo que el profeta nos enseña cuando muestra que Dios siempre está presente a nuestros pensamientos, al decir: "Dios sondea los corazones y los riñones" (Sal 7,10); y también: "El Señor conoce los pensamientos de los hombres (sal 93, 11), y asimismo dice "De lejos conoces mis pensamientos" (Sal 138,3); y "El pensamiento del hombre se te hará manifiesto" Sal 75,11 . Así, pues, para vigilar sus pensamientos perversos, diga siempre el hermano fiel en su corazón: "Entonces seré puro en su presencia, si me guardo de mi iniquidad"(Sal 17, 24)

       En cuanto a la propia voluntad, se nos prohíbe hacerla cuando nos dice la Escritura: "Apártate de tus deseos (Eclo 28,30). También pedimos a Dios en la oración que se haga en nosotros su Voluntad. Con razón pues, se nos enseña a no hacer nuestra voluntad, para que evitemos lo que dice la Sta. Escritura: "Hay caminos que parecen rectos a los hombres, el término de los cuales se hunde en lo profundo del infierno (Prov 16,25 cf. Prov 14,12; Mt 18,6): Y también cuando tememos lo que se ha dicho de los negligentes: "Se han corrompido y se ha hecho abominables en sus apetitos" (Sal 13,1).

       Por lo que atañe a los deseos de la carne, creemos que Dios está siempre presente, ya que el profeta dice al Señor: "Todas mis ansias están en tu presencia" Sal 37,10). Por tanto, hay que guardarse del mal deseo, porque la muerte está apostada al umbral del deleite. De ahí que la Escritura ordene, diciendo: "No vayas tras tus concupiscencias" (Eclo 18,3=).

       Luego, si los ojos del Señor observan a buenos y malos" (Prov 15,3), y "el Señor mira incesantemente desde el cielo a los hijos de los hombres para ver si hay alguno sensato y que busque a Dios" (Sal 13,2), y si los ángeles que se nos han asignado, siempre día y noche, anuncian al Señor las obras que hacemos, es preciso vigilar en todo momento, hermanos, como dice el profeta en el salmo, no sea que Dios nos vea en algún momento "inclinándonos al mal y convertidos en unos inútiles (Sal 13,3), y, perdonándonos en esta vida, porque es bueno y espera que nos convirtamos a una vida mejor, nos diga un día: "Esto hiciste y callé" (Sal 49,21; Eclo 2,3).

       El segundo grado de humildad consiste en que uno, al no amar la propia voluntad, no se complace en satisfacer sus deseos, sino que responde con hechos a aquellas palabras del Señor, que dice: "No he venido para hacer mi voluntad, sino la del que me ha enviado" (Jn 6,38). También dice la Escritura:

"La voluntad conduce a la pena, y la obligación engendra la corona" .

       El tercer grado de humildad consiste en someterse al superior con toda obediencia por amor de Dios, imitando al Señor, de quien dice el Apóstol: "Se hizo obediente hasta la muerte" (Fil 2,8)

       El cuarto grado de humildad consiste en que, en la práctica de la obediencia, en dificultades y en contradicciones, e incluso en cualquier clase de injusticia a que uno se vea sometido, sin decir nada, se abrace con la paciencia en su interior, y, manteniéndose firme, no se canse ni se eche atrás, ya que dice la Escritura: "quien persevere hasta el fin se salvará (Sal 26,14); y también. "Ten coraje y aguanta al Señor" (Sal 43, 22 Rom 8,36). Y mostrando cómo el que desea ser fiel debe soportarlo todo por el Señor, incluso las adversidades, dice en la persona de los que sufren: "Por ti se nos entrega a la muerte todo el día, nos tienen por ovejas de matanza" (Rom 8,37). Y seguros con la recompensa divina, prosiguen alegres: "Pero todo esto lo superamos gracias al que nos amó " (Sal 65, 10‑11), en otra parte dice también la Escritura: "Oh, Dios, nos pusiste a prueba, nos refinaste en el fuego como refinan la plata, nos empujaste a la trampa, nos echaste a cuestas la tribulación" (Sal 65, 12a). Y para indicar que debemos estar bajo un superior, añade a renglón seguido: "Has puesto hombres sobre nuestras cabezas" (Mt 5, 39‑41; Lc 6,29). Y cumpliendo asimismo el precepto del Señor con la paciencia en las adversidades y en las injusticias, si les golpean en una mejilla, presentan también la otra; al que les quita la túnica, le dejan también la capa; requeridos para andar una milla, andan dos, y bendicen a los que les maldicen.            

 El quinto grado de humildad consiste en no esconder, sino manifestar humildemente a su abad todos los malos pensamientos que vienen al corazón de uno y las faltas cometidas secretamente. La Escritura nos exhorta a ello cuando dice: "Revela al Señor tu camino y espera en El (Sal 105,1; 117,1). Y también dice "Confesaos al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia" Y también dice el profeta "Te manifesté mi delito y no oculté mis iniquidades.(Sal 31,5. Dije: Confesaré contra mi mismo al Señor mi iniquidad, y tu perdonaste la malicia de mi corazón".       

El sexto grado de humildad consiste en que el monje se contente con las cosas más viles y abyectas, y se considere como obrero inepto e indigno para cuanto se le mande, diciéndose a si mismo con el profeta: "He quedado reducido a la nada y no sé nada; me he convertido en una especie de jumento en tu presencia, pero siempre estoy contigo"(Lc 17,10)        

El séptimo grado de humildad (Sal 72,22‑23) consiste en que uno no sólo con la lengua diga que es el último y el más vil de todos, sino que lo crea también en el fondo del corazón, (sal21,7) humillándose y diciendo con el profeta. "yo soy un gusano y no un hombre, el oprobio de los hombres y desprecio del pueblo. (sal 87,16) "me he ensalzado y por eso me veo humillado Y Abatido" (Prov 10,19) Y también: "Es un bien para mi que me hayas humillado, para que aprenda tus mandamientos".        

El octavo grado de humildad consiste en que el monje no haga nada más que aquello a que le animan la regla común del monasterio y el ejemplo de los mayores.

El noveno grado de humildad consiste en que el monje impida a su lengua que hable y, guardando la taciturnidad, no hable hasta que le pregunten, ya que la Escritura enseña que hablando mucho no se evita el pecado, y que el hombre hablador no acertará el camino en la tierra (Sal 139,12; Eclo)       

El décimo grado de humildad consiste no reír fácil y prontamente, porque está escrito: "El necio cuando ríe, levanta la voz"       

El undécimo grado de humildad consiste en que el monje, cuando habla, hable con suavidad y sin reír, humildemente, con gravedad, breve y juiciosamente, y sin levantar la voz, tal como está escrito: "El sabio de da a conocer por las pocas palabras     

El duodécimo grado de humildad consiste en que el monje no solo posea la humildad en el corazón, sino que también la manifieste siempre en el cuerpo a los que le vean; esto es, que en el oficio divino, en el oratorio, en el monasterio, en la huerta, yendo de viaje, en el campo, y en todas partes, sentado, andando o de pie, esté siempre con la cabeza baja, los ojos fijos en el suelo. Creyéndose en todo momento reo de sus pecados, considere que comparece ya ante el tremendo juicio, diciéndose sin cesar en su corazón lo que, con los ojos fijos en el suelo dijo aquel publicano del Evangelio: "Señor, no soy digno, yo pecador, de levantar mis ojos al cielo" Y también con el profeta "Estoy totalmente abatido y humillado".          

Cuando el monje haya subido todos estos peldaños de humildad, llegará enseguida a aquel grado de amor de Dios que, por ser perfecto, echa a fuera el temor, gracias a él, todo lo que observaba antes no sin temor, empezará a cumplirlo sin ningún esfuerzo, como instintivamente, por costumbre, no ya por temor al infierno, sino por amor a Cristo, por la costumbre del bien y por el gusto de las virtudes. El Señor se dignará manifestarlo por el Espíritu Santo en su obrero, limpio de vicios y pecados.

 

CAPITULO VIII

De los oficios divinos por la noche

        En tiempo de invierno, esto es, desde las Calendas de Noviembre, hasta Pascua, se levantarán a la octava hora de la noche, para que descansen hasta un poco más de la media noche, y se levanten hecha ya la digestión. El tiempo que restare después de las Vigilias, le emplearán en el estudio del salterio o en el de las lecciones, los que tengan necesidad de ello.

Pero desde Pascua hasta las sobredichas Calendas de noviembre, se arreglará el oficio de la noche de tal modo, que, dejando pasar un breve rato, en el que salgan los monjes a las necesidades naturales, se sigan los Maitines (hoy llamados Laudes) que se han de decir al amanecer

 

CAPITULO IX

Cuántos salmos se han de decir en las horas de la noche

En tiempos de invierno, dicho en primer lugar el verso. Deus in adjutorium meum intende, Dommine ad ajuvandum me festina, se dirá después tres veces: Domine labia mea aperies, et os meum annuntiabit laudem tuam, a lo cual se ha de juntar el salmo noventa y cuatro con antífona intercalada, o se cantará. Luego el himno de s. Ambrosio; después seis salmos con antífonas; los cuales dichos y dicho el verso dará el abad la bendición; y sentándose todos en escaños, leerán unos tras otros tres lecciones en el libro que estará en el atril, cantando después de cada una un responsorio. Los dos responsorios se dirán sin Gloria, pero después de la tercera lección, dirá el que la cante el Gloria, y al empezarle levántense todos inmediatamente de sus asientos en honor y reverencia de la Santísima Trinidad. Léanse en las Vigilias los libros de autoridad divina, así del Viejo como del Nuevo Testamento, y las exposiciones que han hecho sobre ellos los padres más célebres, ortodoxos y católicos.

Después de las tres lecciones con sus responsorios, se seguirán otros seis salmos que se cantarán con Aleluya. Después de éstos, una lección del Apóstol, que se dirá de memoria, y el verso, y las preces de la Letanía o Kyrie eleison y de este modo se concluirán las Vigilias de la noche.

 

 

CAPITULO X

Como debe celebrarse el Oficio Nocturno en tiempo de estío

Desde Pascua hasta las Calendas de noviembre, se guardará el número de salmos arriba dicho, excepto que, por la brevedad de las noches,  no se leerán las lecciones por el libro, sino que en lugar de las tres lecciones, se dirá solamente una del Antiguo Testamento de memoria, con un responso breve, y lo demás se hará como queda dispuesto; esto es que nunca se digan menos de doce salmos en las Vigilias nocturnas, sin incluir en ellos el tercero, y noventa y cuatro

 

CAPITULO XI

Como se han de decir las Vigilias en los Domingos

 

El Domingo se levantarán algo más temprano a las Vigilias: en ellas se observará el método ya ordenado; es a saber, que después de haber cantado, como queda dispuesto, seis salmos y el verso, sentados todos por su orden en sus bancos, se leerán por el libro, como arriba dijimos cuatro lecciones con sus responsorios, y solo en el cuarto dirá Gloria  el que canta, levantándose todos con reverencia cuando comenzare.

Después de estas lecciones se seguirán por su orden otros seis salmos con antífonas y verso, como los primeros, y se leerán después otras cuatro lecciones con sus responsorios por el orden sobredicho. Después se dirán tres cánticos de los profetas, a elección del abad, los cuales se cantarán con Aleluya.

Dicho también el verso, y dada por el Abad la bendición, se leerán otras cuatro lecciones del Nuevo Testamento, como se dijo arriba.

Después del cuarto responsorio comenzará el abad el himno Te Deum laudamus, el cual dicho, leerá el mismo abad la lección del Evangelio, estando todos en pie con reverencia y temor; y leída responderán todos Amén. Dirá inmediatamente el Abad el himno Te decet laus y dada la bendición comenzarán los Maitines (Laudes).

Obsérvese este orden en las Vigilias del domingo en todo tiempo, así en invierno como en el estío, a no ser que (lo que Dios no quiera), por levantarse más tarde se vean precisados a cercenar algo de las lecciones o responsorios; pero cuídese mucho de que no suceda. Mas si aconteciere, dé en la misma iglesia completa satisfacción a aquel por cuya negligencia hubiere sucedido

 

CAPITULO XII

Cómo se han de celebrar los Laudes

         El Domingo a Laudes, se dirá en primer lugar el salmo sesenta y seis sin antífona intercalada; luego el salmo cincuenta con Alleluya; después el salmo ciento diez y siete; y el sesenta y dos; luego el Cántico Benedicite y los Laudates; una lección del Apocalipsis, que se dirá de memoria, el responsorio, el himno ambrosiano, el verso, el cántico Benedictus, el Kyrie eleison y así se concluye este oficio

 

CAPITULO XIII

Como se han de celebrar los Laudes en los días feriales.

        En los días feriales se celebrarán los Laudes de este modo: se dirá el salmo setenta y seis, que se ha de decir sin antífona, un poco pausado como el Domingo, para que todos asistan al salmo cincuenta, que se ha de decir con antífona. Después se dirán otros dos salmos, como se acostumbra; es a saber el lunes, el quinto y el treinta y cinco; el martes el cuarenta y dos y cincuenta y seis; el miércoles, el sesenta y tres y sesenta y cuatro; el jueves el ochenta y siete y el ochenta y nueve; el viernes, el ochenta y cinco y noventa y uno;  el sábado, el ciento y el cuarenta y dos y el cántico del Deuteronomio Audite coeli,  divididos en dos Glorias. En los demás días, un cántico de los Profetas, cada día el suyo, como lo canta la Iglesia romana. Después se dirán los Laudates; luego una lección del apóstol, que se ha de decir de memoria, el responsorio, el himno de S. Ambrosio, el verso. el cántico Benedictus, el kyrie eleison, y se acabó.

No se omitirá jamás en el oficio de Laudes y de Vísperas la oración del Padrenuestro, que dirá al fin el Superior en alta voz, de manera que todos lo oigan, por razón de las espinas de los escándalos que suelen nacer algunas veces; para que empeñados por la promesa de esta oración, en que dicen: Perdónanos, así como nosotros perdonamos, se purifiquen de semejante  vicio. En las demás horas se dirá solamente la última cláusula de esta oración en alta voz, para que todos respondan: Mas líbranos de mal.

 

 

CAPITULO XIV

Cómo se han de celebrar las vigilias en las fiestas de lo santos

        En las festividades de los Santos o en todas las solemnidades, se ha de hacer el oficio como dispusimos para el domingo, excepto que se dirán los salmos, las antífonas y las lecciones propias del día. En lo demás obsérvese o dispuesto arriba.

 

CAPITULO XV

En qué tiempo se ha de decir Aleluya

        Desde el santo día de Pascua hasta Pentecostés se dirá siempre Aleluya en los salmos como en los responsorios. Mas desde Pentecostés hasta principio de Cuaresma sólo se dirá todas las noches, en los oficios de la noche, en los seis últimos salmos. Todos los domingos del año (excepto los de Cuaresma) se dirán con Aleluya los Cánticos, Laudes, Prima, Tercia, Sexta y Nona; pero las Vísperas con antífona. Los Responsorios nunca se dirán con Aleluya sino desde Pascua a Pentecostés.

 

CAPITULO XVI

Como se han de celebrar los oficios divinos por el día

        Siete veces al día canté tus alabanzas, dice el Profeta. Cumpliremos con este septenario sagrado número si pagáremos a Dios el oficio debido de nuestra servidumbre a las horas de Laudes, Prima, Tercia, sexta, Nona, Vísperas y Completas;  porque de estas horas dijo el Profeta: Siete veces al día te alabé. Que de las Vigilias de la noche dice el mismo Profeta: A medianoche me levantaba a alabarte. Alabemos pues a nuestro Criador por los juicios de su Justicia en las referidas horas; esto es a Laudes, Prima, Tercia, Sexta Nona, Vísperas y Completas, y levantémonos de noche a cantar sus alabanzas.

 

CAPITULO XVII

Cuántos salmos se han de decir en cada hora del día

        Dispuesto ya el orden de los salmos para los Nocturnos y Laudes, tratemos ahora de las demás horas. A Prima se dirán tres salmos cada uno con Gloria, el himno propio de esta hora después del verso Deus in adjutorium, antes de empezar los salmos . Concluidos éstos, se dirán una Lección corta, el verso y Kyrie eleison con las oraciones finales.

El oficio de Tercia, Sexta y Nona se celebrarán del mismo modo; esto es se dirá el verso Deus in adjutorium, el himno de cada hora, tres salmos, lección, el verso, el Kyrie eleison y oraciones finales.

Si la comunidad fuere numerosa, se cantarán estas horas con antífonas; y si no lo fuere, se dirán sin ellas. A Vísperas se dirán cuatro salmos con antífonas: después la capitula, luego el responsorio, el himno de S. Ambrosio, el verso, el cántico Magnificat, el Kyrie eleison y conclúyase con la oración dominical.

A Completas  se dirán tres salmos sin antífonas; después de ellos el himno de esta hora, la capitula, el verso, el Kyrie eleison, la bendición y oración final.

 

 

CAPITULO XVIII

Con qué orden se han de decir los salmos

        A todas las horas del día se dirá siempre en primer lugar el verso Deus in adjutorium meum intende: Domine ad adjuvandum me festina, y Gloria; después el himno de cada hora. El Domingo, a Prima se han de decir cuatro divisiones del salmo 118.

El lunes a Prima, se dirán tres salmos; es a saber, el primero, segundo y sexto; y así en los demás días hasta el Domingo se dirán por su orden a Prima tres salmos hasta el diez y nueve de tal modo que el salmo noveno y el 17 se dividen en dos Glorias, para que se comiencen siempre las Vigilias del Domingo por el salmo veinte.

A Tercia, Sexta y Nona del lunes se dirán las nueve divisiones restantes del salmo 118, tres en cada hora. Concluido el salmo 118 en los días de Domingo y Lunes se dirán el martes a Tercia, Sexta y Nona tres salmos desde el 119 hasta el 127, que son nueve salmos; los cuales se repetirán siempre hasta el Domingo a las mismas horas, guardando todos los días una disposición uniforme de himnos, lecciones, capitulas y versos: de modo que se comience siempre la Prima el Domingo por el salmo 118; pero a las demás horas, esto es, Tercia, Sexta y Nona, se dirán tres divisiones del mismo salmo ciento 118.

A Vísperas se cantarán todos los días con modulación cuatro salmos, que comiencen desde el 119, hasta el 147, excepto los que se han de separar para diversas horas; esto es desde el 117 hasta el 127, y los salmos 100 y 36, y 142: todos los demás se dirán en las Vísperas. Pero porque hay tres salmos menos, se dividirán los mayores del número sobredicho que son 138, el 143, y el 144; mas el 116, por ser corto, júntese con el 115.

Dispuesto, pues el orden de los salmos de Vísperas, lo demás esto es, lecciones, capitulas, responsorios,, himnos, versos y cánticos, se dirán como queda ordenado. A Completas se repetirán todos los días unos mismos salmos; esto es el 4, el 90 y el 133.

Dispuesto el orden de la salmodia del día, todos los demás salmos que sobran repártanse igualmente en las Vigilias de siete noches, dividiendo los más largos y poniendo doce en cada noche. Sobre todo, advertimos que si acaso esta disposición no agradare a alguno, ordénelo de otro modo si le pareciere mejor, con tal que en todo caso se atienda a que cada semana se cante enteramente todo el salterio de ciento cincuenta salmos, y que se comience siempre a las Vigilias del Domingo por un mismo salmo. Porque muy poca devoción y celo para el servicio divino muestran los monjes que en el discurso de una semana cantan menos de un salterio con los cánticos acostumbrados, cuando leemos que nuestros Santos Padres hacían con fervor en un solo día lo que quiera que ejecutemos nosotros en toda una semana.

 

CAPITULO XIX

Del Modo con que se ha de cantar

        Creemos que Dios está presente en todas partes, y que en todo lugar miran los ojos del Señor a los buenos y a los malos; pero más particularmente debemos estar persuadidos de esto cuando asistimos al Oficio Divino. Por tanto, nos hemos de acordar siempre de lo que dice el Profeta: Servid al Señor con temor: y en otro lugar: Cantad sabiamente y: En presencia de los ángeles te alabaré. Consideremos pues, con qué respeto debemos estar delante de la majestad de Dios  y de sus ángeles, y asistamos de tal modo a cantar, que concuerde nuestra mente con nuestros labios.

 

CAPITULO XX

De la reverencia en la oración

        Si cuando queremos pedir alguna cosa a los hombres poderosos no nos atrevemos a hacerlo sino con señales de sumisión y de respeto )con cuánta más razón debemos ofrecer nuestras súplicas a Dios, Señor del universo, con toda la humildad, pureza y devoción posible? Pero debemos tener presente que no consiste el ser oídos en hablar mucho, sino en la pureza del corazón y compunción de lágrimas; y por esto la oración debe ser breve y pura, a no ser que se prolongue por inspiración e impulso de la divina gracia; pero en la comunidad abréviese lo posible y hecha la señal por el prelado, levántense todos a un tiempo.

 

CAPITULO XXI

De los Decanos del Monasterio

        Si la comunidad fuere numerosa, elíjanse de ella monjes de buena opinión y de vida ajustada, y sean nombrados decanos, quienes velarán en todas las cosas sobre sus decanías con arreglo a los preceptos divinos y mandatos de su abad. Elíjanse tales estos decanos, que pueda el abad partir con toda seguridad con ellos sus cargas. Y no se elijan por orden, sino según mérito de su vida, doctrina y sabiduría.

Y si acaso a alguno de estos decanos se le hallare reprensible por haberse dejado llevar de orgullo: corregido primera, segunda y tercera vez, si no quisiera enmendarse, sea depuesto y sustitúyase otro en su lugar, que sea digno. Lo mismo ordenamos se haga con el prior.

 

CAPITULO XXII

Cómo han de dormir los monjes

        Duerma cada uno de por si en su cama. Reciban el aderezo, o ropa correspondiente a su profesión, según la distribuyere el abad. Si puede ser duerman todos en un mismo lugar: pero si la multitud no lo permite, duerman de diez en diez o de veinte en veinte, con ancianos que velen sobre su conducta. Arda en el dormitorio una lámpara toda la noche hasta que amanezca.

Duerman vestidos, y ceñidos con cíngulos o cuerdas, y no tengan cuchillos al lado mientras duermen, no sea que durmiendo se hieran entre sueños: y estén siempre dispuestos los monjes, para que, hecha señal, levantándose sin tardanza, se den prisa a anticiparse los unos a los otros para la obra de Dios, bien que con toda gravedad y modestia. Los monjes más mozos no tengan contiguas sus camas, sino entreveradas con las de los ancianos. Pero al levantarse al Oficio divino, despiértense sin ruido unos a otros para que no se excusen los soñolientos

 

CAPITULO XXIII

De la excomunión por las culpas

        Si algún monje fuere hallado contumaz o desobediente, o soberbio o murmurador, o que en algo se opone a la santa Regla, o menosprecia los preceptos de sus mayores; éste según el precepto de nuestro Señor, sea secretamente amonestado por sus mayores primera y segunda vez, y si no se enmendare, sea públicamente reprendido delante de todos. Pero si ni aun así se corrigiere sea excomulgado, con tal que sea capaz de comprender qué pena es ésta; mas si todavía persevera en su malicia, aplíquesele castigo corporal.

 

CAPITULO XXIV

Qué modo se ha de guardar en la excomunión

        Según la gravedad de la culpa debe extenderse la excomunión o castigo, de cuya apreciación será juez el abad. Pero si algún monje cayere en alguna de estas faltas, que llamamos leves, prívesele únicamente de la mesa de la comunidad; y al penitenciado de este modo no se le permita levantar salmo, ni antífona en el coro, ni lea lección hasta que haya satisfecho. Coma solo y después que haya comido la comunidad; de suerte que si los monjes, por ejemplo comen a la hora de Sexta, como él a la de Nona; si aquellos a la de Nona, él a la de Vísperas, hasta que haya merecido el perdón por medio de una satisfacción competente.