
Desde
el Molino-Museo de Taramundi
(Asturias)
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Cuando soy liberado por el silencio, cuando dejo de estar implicado en la medición de la vida y me aplico a vivirla, puedo descubrir una forma de oración donde efectivamente no existe distracción. Toda mi vida se convierte en una plegaria. Mi silencio entero está colmado de oración. El mundo de silencio en el que estoy inmerso contribuye a mi plegaria.
La unidad, que es obra de la pobreza, reúne todas las
heridas del alma y las cicatriza. Mientras permanezcamos pobres, mientras
estemos vacíos e interesados solamente en Dios, no podremos ser distraídos.
Pues nuestra misma pobreza nos impide que seamos “tironeados” (dis-traídos).
Si
la luz que está en ti es oscuridad...
Supongamos
que mi “pobreza” sea un hambre secreta de riquezas espirituales; supongamos
que al simular la vaciedad, al simular que estoy en silencio, en realidad trato
de adular a Dios enriqueciéndome con alguna experiencia ¿entonces qué?
Entonces todo se convierte en una distracción. Todas las cosas creadas
interfieren mi búsqueda de alguna experiencia especial. Debo cerrarles la
puerta, o me harán pedazos. O peor: me convierto en una distracción. Pero, lo
más desdichado de todo: si la plegaria se centra en mí mismo, si sólo aspira
al enriquecimiento de mi propio ser, mi plegaria será mi mayor distracción
potencial. Lleno de mi propia curiosidad, he comido del árbol del conocimiento
y me he arrancado de mí mimo y de Dios. Me quedo rico y solo, y nada puede
aliviar mi hambre: todo lo que toco se vuelve una distracción.
Dejadme
buscar
el
don del silencio, la pobreza y la soledad,
donde
todo lo que toque
se
convierta en plegaria;
donde
el cielo sea mi plegaria,
los
pájaros sean mi plegaria,
el
viento en los árboles sea mi plegaria,
pues
Dios está en todas las cosas.
Para
que esto suceda debo ser realmente pobre. Nada debo procurar, sino que debo
contentarme con lo que reciba de Dios. La verdadera pobreza es la del mendigo
que se alegra de recibir limosnas de cualquiera, pero especialmente de Dios. La
falsa pobreza es la del hombre que simula poseer la autosuficiencia de un ángel.
Por esta razón, la pobreza verdadera consiste en recibir y dar gracias, sólo
conservar lo que necesitamos consumir. La falsa pobreza simula no necesitar,
simula no pedir, se esfuerza por procurarlo todo y rehúsa la gratitud por
cualquier cosa.
Thomas Merton
(“Pensamientos en la soledad” Ed. LUMEN)