
LA APARICIÓN
A MAGDALENA
(Abad
Elredo de Rieval, siglo XII)
No
dejes sola a Magdalena. Y una vez preparados los perfumes, vete con ella a visitar
el sepulcro del Señor. ¡Si tú pudieras tener la gracia de ver con ella en
espíritu lo que ella vio con sus propios ojos! Un ángel sentado sobre la piedra
ya removida a la entrada del sepulcro. Penetra en el interior. Un ángel está a
la cabeza y otro a los pies, anunciando la gloria de la Resurrección. Y después
el mismo Jesús mirando tiernamente a la afligida y llorosa María, a quien con
delicada voz le dice: “¡María! “ ¿Habrá algo más delicado,
más dulce y dichoso que esta voz? ¡María! Al escuchar su nombre, saltan las
lágrimas de sus ojos y de su corazón. Y, profundamente conmovida, solloza y
suspira en lo más íntimo de su ser. ¡Qué feliz eres, María! ¿Cuáles fueron tus
sentimientos, cuando al escuchar la voz caíste de rodillas y, devolviéndole el saludo,
lo llamaste: “¡Rabboni! “? Te pido, por favor, que me digas cuál fue tu
afecto, tu deseo, tu ardor interno, cuál fue la devoción de tu corazón, cuando
gritaste: “¡Rabboni!”. Porque apenas se puede pronunciar palabra cuando corren
las lágrimas; se ahoga la voz cuando la emoción del afecto es muy fuerte y el
amor apasionado hace callar el alma e insensibiliza el cuerpo.
Pero,
buen Jesús, ¿por qué rehúsas a esta amorosa mujer que toque tus sacratísimos
pies? “No me toques” , le dijo. Qué
frase tan dura e intolerable; No me toques. ¿Por qué, Señor, por qué no debo
tocarte? ¿Acaso no pudo tocar y besar esos pies por mí horadados con los clavos
y cubiertos de sangre? ¿Acaso eres más severo porque eres más glorioso? Pues no
te dejaré, no me apartaré de ti, no ahorraré las lágrimas y se romperá mi pecho
por los sollozos y los suspiros, si es que no consigo tocarte.
Pero
Él le responde: No temas, no es que te lo niegue, sino que lo dejamos para
después. Tú ahora vete y anuncia a mis hermanos que he resucitado. Corrió veloz
por el deseo de volver enseguida. Y lo hace, pero acompañada de otras mujeres.
Jesús se les adelantó con un cariñoso saludo, animándolas en su abatimiento y
consolándolas en su tristeza. Fíjate; y ahora les concede lo que antes había
diferido. Porque se acercaron y besaron sus pies.
Quédate
aquí, mujer, todo el tiempo que puedas. No interrumpa el sueño esta tu dicha,
ni te la turbe ninguna agitación externa.
Mas
ya que en esta miserable vida nada hay estable o eterno, ni el hombre permanece
nunca en el mismo estado, mientras vivamos en este mundo, hemos menester que
nuestra alimentación sea variada. Por eso, del recuerdo de los bienes pasados
debemos trasladarnos a la experiencia de los bienes presentes, para que a
través de los mismos lleguemos a convencernos de cuánto hemos de amar a Dios.
(Padres Cistercienses, tomo IV. Editorial Azul, 1980, pgs. 140-142)
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