SER
CONCHA Y NO CANAL
Si
eres sensato, preferirás ser concha y no canal; éste según recibe el agua la
deja correr. La concha no: espera a llenarse y, sin menoscabo propio, rebosa lo
que le sobra, consciente de que caerá la maldición sobre el que malgaste lo
que le ha correspondido. No desprecies mi consejo y escucha a Salomón, más
sabio que yo: El necio vacía de una vez todo su espíritu, pero el sensato
guarda algo para más tarde. Hoy nos sobran canales en la Iglesia y tenemos
poquísimas conchas. Parece ser tan grande la caridad de quienes vierten sobre
nosotros las aguas del cielo, que prefieren derramarlas sin embeberse de ellas,
dispuestos más a hablar que a escuchar, y a enseñar lo que no aprendieron. Se
desviven por regir a los demás y no saben controlarse a sí mismos.
Yo creo que no se puede anteponer ningún
otro criterio de servicio ante la salvación, sino el propuesto por el Sabio: Apiádate
de tu alma procurando agradar a Dios. Si no tengo más que un poco de bálsamo
para ungirme, ¿crees que debo dártelo y quedarme sin nada? Lo guardo para mí
y no lo presto hasta que me lo mande el Profeta. Si me lo piden una y otra vez
quienes me consideran mejor de lo que soy por mis apariencias o por lo que oyen
de mí, les responderé: Por si acaso no hay bastante para todos, mejor será
que os vayáis a comprarlo. Me replicarás: El amor no busca lo suyo. ¿Sabes
por qué? No busca lo suyo, sencillamente porque lo posee. ¿Quién busca lo que
ya tiene? El amor siempre disfruta de lo que es suyo, es decir, posee y le sobra
lo necesario para su propia salvación. Desea que le sobre para sí mismo, con
el fin de que llegue para todos; guarda para sí todo lo que necesita, para que
a nadie le falte. Si el amor no estuviera lleno no sería perfecto.
Por lo demás, hermano, tú que aún no
tienes muy segura tu propia salvación, tú que aún no posees la caridad, o es
tan flexible y frágil como caña sacudida por el viento, porque da fe a toda
inspiración, zarandeada por cualquier ventolera de doctrina; tú que te
entregas a una caridad tan sublime que sobrepasa la ley, amando a tu prójimo más
que a ti mismo; mas por otra parte, la diluye cualquier favor, decae ante
cualquier temor, la turba la tristeza, la contrae la avaricia y la dilata la
ambición, la angustian las sospechas, la atormentan las injusticias, la
consumen los afanes, la engríen los honores, la derriten las envidias. A ti que
experimentas todo esto dentro de ti mismo, a ti te pregunto: ¿qué clase de
locura te domina para ambicionar o admitir la dedicación a los demás?
Escucha más bien este consejo de la
caridad cauta y precavida: No se trata de aliviar a otros pasando estrechez,
sino como exigencia de la igualdad. No te pases en tu afán de ser justo. Basta
que ames al prójimo como a ti mismo. Eso es lo que exige la igualdad. Dice
David: Que se sacie mi alma como de enjundia y manteca, y mis labios te
alabarán jubilosos. Deseaba recibir primero y luego difundirlo; y no sólo
recibir sino llenarse, para eructar de su plenitud y no espirar vaciedad.
Cautamente, pues lo que para otros podría ser un alivio, para él sería un
tormento; y desinteresadamente, imitando a aquel de cuya plenitud todos hemos
recibido.
Aprende tú también a derramar sólo de
tu plenitud; no pretendas dar más que el mismo Dios. La concha debe imitar al
manantial, que no fluye por el arroyuelo, ni llega hasta el lago, hasta que no
se colma de agua. No tiene por qué avergonzarse de no ser más profusa que la
fuente. Al fin , el que es la Fuente viva, lleno en sí mismo y de sí mismo ¿no
brota y fluye primero por lo más secreto de los cielos, para inundarlos con su
bondad? Después, colmados los cielos más encumbrados y profundos, llega hasta
la tierra, desbordándose para salvar a hombres y animales con su inapreciable
misericordia. Primero llenó lo más inmediato, y rebosando toda su gran bondad
apareció en la tierra, la regó y la enriqueció sin medida. Anda y haz tú lo
mismo. Llénate previamente y luego tratarás de comunicarlo. El amor entrañable
y prudente es siempre un manantial, no un torrente. Lo dice Salomón: Hijo mío,
no lo dejes fluir. Y el Apóstol:
Para no andar a la deriva, debemos conservar mejor lo que hemos escuchado.
¿Es que eres tú más sabio que Salomón y más santo que Pablo? Porque yo
tampoco puedo enriquecerme con lo tuyo, si estás tú agotado. Si contigo mismo
eres malo, ¿con quien serás bueno? Si puedes, dame algo de lo que te sobre; de
lo contrario, resérvatelo.
San Bernardo – Del
Sermón 18 del Cantar de los Cantares
(“Obras completas de San Bernardo" – Juan Mª de la Torre)
Fotos: MPLS