REFLEXIONES

QUIEN VIVE EN EL RESUCITADO, NADA TEME

Isidoro Mª Anguita, abad de Huerta (marzo de 2002)

 

“Si escucháis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón”, nos invita el salmista. ¿Y qué nos dice?  Estrenad un corazón nuevo y un espíritu nuevo ¡El Señor ha resucitado!, ha vencido a la muerte y debe apartar de nosotros todo temor. ¿Aún teme nuestro corazón? El Pastor que nos conduce hacia fuentes tranquilas donde reparar nuestras fuerzas es nuestro Pastor. Por eso decimos con el salmo: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan”.

La Resurrección del Señor es incompatible con el temor, aunque persista el sufrimiento. La Resurrección del Señor nos invita a beber de la fuente que brota del costado de Cristo y que nos trae la paz. La Resurrección del Señor nos impulsa a “enraizarnos” junto a la corriente para que cuando llegue el estío no sintamos la aridez del desierto. Si el Abad General nos invita en su última carta a vivir el radicalismo evangélico, no se trata de crecer en rigorismos o intransigencias, sino más bien de aferrarnos a nuestra Raíz para recibir de ella la vida.

¡No tengáis miedo! A nosotros nos toca estar tranquilos al amparo de ese fuego que nos calienta y vivifica. Acerquémonos al fuego del Espíritu, pero no nos fiemos de otros fuegos que buscamos mendigando en ellos una seguridad que nos falta; son demasiado frágiles. ¡Cuántas veces podemos buscar en la Fraternidad o en cualquier otro grupo humano ese fuego que nos caliente con la seguridad y el bienestar interiores! Pero ese fuego no es nuestro, por eso quizás nos queme o nos deje helados cuando se extinga. Por eso es tan peligroso buscar sólo el “atractivo” que nos da seguridad, dejándonos llevar cómodamente por el carisma de otros. Todos nosotros estamos llamados a formar un único fuego, a aportar nuestra llama en el fuego común del Espíritu, a construir la Fraternidad sin buscar sólo calentarnos con ella. Es un trabajo hermoso que nos transforma a nosotros mismos en llama, que nos hace protagonistas del fuego del Espíritu capaz de calentar a otros sin buscar nuestro propio provecho, pues ¿qué tizón busca ser calentado? Y las ascuas nunca se enfrían, simplemente porque en ese momento dejan de ser tales.

La comunidad cristiana es un misterio de comunión. Nos juntamos no por “química”, sino porque hemos sido “convocados”. Es la originalidad evangélica que busca la comunión más allá del corporativismo, de los grupos reunidos por meras “afinidades” de edad, temperamento, necesidades, aficiones, etc. Compartimos porque todos estamos unidos a una misma Raíz que nos vivifica, y en ella intuimos nuestra unidad.  Descubrir esto es trabajar todos aportando con generosidad y sencillez aquello que cada uno ha recibido. Es entonces cuando “mi” camino comienza a ser “nuestro” camino. Es entonces cuando el fruto de la Resurrección se hace viva realidad (“Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros”). Es entonces cuando vamos dejando nuestro pequeño yo y nos vamos adentrando en el Yo de Dios. En entonces cuando al echar en El nuestras raíces va desapareciendo todo temor. Cierto que las dificultades seguirán ahí, quizás la precariedad económica, la incomprensión familiar, la crisis afectiva, los problemas laborales, la salud que se pierde, la vida que se va, la sensación de abandono o marginación, la impotencia ante la injusticia, ... Y en medio de todo eso, ¿qué se nos pide?: confiar y estar tranquilos, que no inactivos. Quien está enraizado junto a la corriente “cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto”. La fuerza de la Resurrección es una fuerza que sale de dentro, es la fuerza del Espíritu. Necesitamos la adversidad para descubrir dónde estamos enraizados y de donde nos viene la fuerza. Entonces observamos que las cosas que nos suceden no pasan de ser agradables o desagradables, su bondad o maldad depende únicamente de cómo las afrontemos. La Fraternidad nos ayuda a descubrirlo cuando entre todos la construimos.

Seamos testigos del Resucitado en nuestras vidas y en la Fraternidad.

 

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