REFLEXIONES

LA PALABRA II

Isidoro Mª Anguita, abad de Huerta (diciembre de 2004)

 

Un año más celebramos la venida de la Palabra de Dios encarnada. La palabra revela lo que llevamos dentro. En el corazón de Dios sólo reside el amor, por eso su palabra es el amor encarnado que acampa entre nosotros. Y no le bastó comunicarse, sino que quiso acampar en medio de nosotros, quizá por aquello de que la levadura en medio de la masa la termina fermentando. Nosotros, hechos a imagen de Dios, nos sentimos impulsados también a salir y a “acampar” en los demás. Pero, ¿qué podemos ofrecer y qué es lo que nos mueve a ello?

La palabra en sí misma no tiene valor alguno. Es una simple mediación, por lo que lo verdaderamente importante es su origen y su destinatario, aquello que nos mueve a hablar. La palabra siempre tiene una “motivación”. En Dios su palabra es gratuita. No tiene otra motivación que la sobreabundancia de su amor que quiere comunicarse. Si la fuente es el Amor y el destinatario es visto como algo propio, como a un hijo muy amado, entonces la palabra dicha y escuchada no puede sino engendrar vida y potenciar el amor.

Nosotros también hablamos. Pero debiéramos preguntarnos por qué y para qué. No basta con hablar para que se nos escuche, para que los demás aprendan y cambien. Hay algo previo muy necesario si queremos que la palabra fructifique. Quien vence no siempre convence ni engendra verdadera paz. La palabra que quiera convencer necesita brotar de un corazón pacífico y ser gratuita -aceptando sin acritud no ser acogida-. Quizás seamos más fuertes y nuestros argumentos sean más sólidos, pero eso no basta. La verdad se impone por sí misma. Quien pretende imponerla, la oculta con su prepotencia y menosprecio. La Palabra encarnada lo hizo de una forma frágil y vulnerable, buscando el fruto que brota del amor y no el éxito que surge del poder. No nos sintamos fácilmente perseguidos por no ser escuchados, pero perseveremos en una palabra que, si es verdadera, se irá purificando y e irá convenciendo.

Hoy vivimos cierta división y enfrentamiento en el seno de la Iglesia, en la sociedad y entre las culturas. Algo debemos aportar quienes deseamos vivir desde lo esencial. El primer paso es creer en el ser humano salido de las manos de Dios y en la bondad de sus opiniones. Hay quien cree de corazón que ciertos lenguajes y visión de la vida, incluso de la experiencia y formulación religiosa, deben encontrar nuevos cauces en consonancia con la cultura actual noroccidental y laica. No se puede ver en ello una actitud hostil, sino una expresión sincera de lo que se piensa. Hay quien cree de corazón que ciertas verdades son inamovibles por venir de lo alto y, aún reconociendo la influencia cultural de lo que recibimos, piensan que su interpretación puede poner en peligro valores fundamentales de la persona si no se respetan ciertas visiones del ser humano y de la familia.

Quien busca la comunión, sin caer en engañosos términos medios, debe ir primero a aquello más primigenio que nos une a todos, y donde se encuentra el mismo Dios, pues acampó entre nosotros y somos templos de él. Ese punto de unión es creer en la bondad esencial que sustenta toda postura que busca la verdad y el bien de la persona humana, sin caer en una ingenuidad que descuide los intereses ocultos que algunos tienen. Partir del reconocimiento de esa bondad esencial es fundamental para un diálogo honesto, sin arrogancias, revanchismos o imposiciones que no generan más que enfrentamientos estériles. Si todos buscamos el bien, sin duda que estamos en comunión. Es un trabajo duro el saber transmitir lo que uno piensa sin acusar o menospreciar, al mismo tiempo que se acoge lo que el otro dice en una escucha sin recelos. La verdad propuesta se irá abriendo poco a poco en las personas de buena voluntad. La palabra puede ser dañina si brota de un corazón dañado, pero también puede hacer daño si el corazón que la recibe es estrecho, suspicaz, siempre a la defensiva.

Que no nos asuste la diversidad desde el respeto. Cuando se habla exponiendo, no imponiendo ni pretendiendo echar en cara nada a los que no opinan como yo, por su formación, por su forma de ser, por sus expectativas, etc., y cuando se escucha acogiendo al que habla, se comparta o no lo que se dice, la comunión se puede realizar en una diversidad vivida pacíficamente. El miedo es mal consejero. Hablar o dejar de hablar por miedo, y escuchar con una prevención miedosa, es un síntoma, no una enfermedad, es un síntoma que la comunión de corazones aún no se ha realizado.

Erraríamos si aplicamos esto a los otros olvidándonos de nosotros mismos. Con esto no pretendo más que invitar a tener actitudes de comunión, dejando de lado la misión de los que tienen que tomar decisiones concretas.

Acojamos al Señor que nos habla en verdad, desde la fuerza de la debilidad y el amor.

 

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