REFLEXIONES

PROPUESTA DE LECTURA DE Hch. 3,1-10

DESDE LA PSICOLOGÍA PROFUNDA

Eduardo Zamarro, monje de Huerta (junio de 2007)

Introducción

Hace poco he leído el libro de Anselm Grün Evangelio y psicología profunda (Narcea 2003), en el cual recupera el más genuino estilo de interpretación judeocristiana, base de la lectio divina: la exégesis espiritual.

En ésta los hechos vienen interpretados en sentido simbólico, demostrando que son expresión superficial de otras realidades más profundas y ocultas. Filón de Alejandría (judío) y Clemente (cristiano) fueron los iniciadores. Pero recae sobre Orígenes la maestría por su sistematización, amplitud de comentarios y profundidad de interpretación. Distingue tres sentidos o significaciones de cada hecho: el corporal o histórico (hechos y su exacto significado, el psíquico o moral (ejemplos moralizantes) y el espiritual o místico (profundidad del texto). Este último es el más importante y el que más se asemeja a la psicología profunda, ya que los lugares y las personas son imágenes del alma de camino hacia Dios. Describen el recorrido del camino interior del alma, el proceso de autorrealización que desemboca en la identificación con Dios. El fin de la exégesis es la contemplación, el encuentro con Cristo y la visión de Dios.

Esta exégesis espiritual tradicional se combina muy bien con la psicología profunda. Esta habla de autorrealización y aquella del camino del alma hacia Dios. Hablar sólo desde la psicología no llega al sentido pleno del texto si no lleva a un encuentro más profundo con Jesucristo; debe iluminar los pasos previos para reconocerme como ser humano y además acercarme a Jesús y con él al Padre, transformando y curando el ser.

Hoy en día la teología bíblica se va acercando a Jesús a través de la narrativa. Y este estilo fue la primera forma de psicología. Es decir, el camino hacia la madurez humana quedó plasmado en forma de historias y leyendas en cuya lectura todo lector puede encontrar algo de su propia historia. En todo cuento puede haber un rey, una princesa, animales, palacios, bosque, bodas, una prueba a superar. Todas ellas sirven para comprender la evolución interior, teniendo por objetivo el desarrollo y maduración de la unidad psíquica del yo. Muy relacionado con esto es el tema de la simbología de los sueños, que nos presentan los estados del alma: el símbolo es como una ventana por la que pasa toda la verdad haciéndose traslúcida.

Anselm Grün, en su libro, aplica este método de exégesis espiritual a varios textos agrupados en: relatos de curaciones, parábolas, narraciones ejemplificadas, tradiciones orales, historias de encuentros, historia de la Pasión e historias de la Resurrección.

A continuación me atrevo - de una manera más casera - a interpretar a la luz de lo leído el pasaje de Hch 3,1-10. Es el relato de curación de un tullido obrado por Pedro y Juan a la puerta del Templo.

Comentario

v.1, Pedro y Juan subían al Templo para la oración de la hora nona[1]: el templo es el lugar del encuentro con Dios, es la parte más noble de nuestro ser, el yo auténtico; para que se de el encuentro debemos subir, ascender, pasar del plano superficial y exterior al profundo e interior. Allí se realiza la oración, el acto de culto, la unión del ser humano consigo mismo y con Dios. Para ello debemos ir con todo lo que somos: como Marta y María y otras parejas de aparentes contrarios, Pedro y Juan, razón y voluntad deben ir juntas, deben estar integradas para este encuentro. La hora nona es cuando Jesús entregó su espíritu al Padre y “entró en el cielo” rasgando el velo del Templo de Jerusalén.

v.2, Había un hombre tullido desde su nacimiento, al que llevaban y ponían todos los días junto a la puerta del Templo llamada Hermosa para que pidiera limosna a los que entraban en el Templo: el varón como dice 4,22 tenía más de cuarenta años. Y era un cojo a quien llevaban y ponían, es decir, nunca pudo caminar por su propio pie, nunca pudo asentarse en la vida tomando sus propias decisiones, siempre estuvo dependiendo de la caridad de otros que le traían y llevaban. ¿Dónde reside su cojera? La traducción dice desde su nacimiento, pero el texto en griego puntualiza que era cojo desde el vientre de su madre (ek koilías metrós), es decir la relación con su madre, ya desde la gestación ha sido causa de que el hijo no se haya desarrollado como un adulto, sino que ha impedido que se asentara en la vida de manera autónoma y responsable. Por eso no tiene iniciativa ni perspectiva de futuro y prefiere ser llevado y traído ¡por más de 40 años! La madre también es símbolo[2] del anima, del inconsciente, la fuente de los instintos, es el no-yo. Esta fascinación por la madre, por el inconsciente es el que paraliza al individuo en la puerta, paso entre dos mundos, siempre junto a la puerta de su yo auténtico impedido para dar el paso final. Esta fijación con la madre era alimentada día a día ya que la puerta es llamada Hermosa y, según la nota de la Biblia de Jerusalén, estaba colocada al este del Templo. ¿Quién más hermosa que una madre? El este es el lugar por donde sale el Sol y por donde le vendrá al cojo la salvación, Cristo, pero también es el lugar de Venus, lucero matutino y signo del amor. No sólo depende de los demás para el movimiento, sino también para alimentar su vacío, ya que se dedicaba a pedir limosna a los que entraban. Existen otras fuerzas que sí entran en el interior, pero como no se es consciente, no se dominan, no se ejerce atracción positiva sobre ellas, y no ayudan eficazmente, sino que sólo son capaces de compensar momentáneamente.

v.3,4,5, éste, al ver a Pedro y a Juan que iban a entrar en el Templo, les pidió una limosna. Pedro fijó en él la mirada juntamente con Juan, y le dijo: ‘Míranos’. Él les miraba con fijeza esperando recibir algo de ellos: en estos versículos centrales tienen un lugar preponderante las distintas maneras de ver. Ver y ser visto es la primera condición para que un ser humano pueda ser curado. De hecho el texto griego utiliza cuatro verbos diferentes que subrayan las distintas intensidades del acto de mirar y ser mirado. En un primer momento el “ver” del cojo es el habitual, distraído, ¡veía a tantos pasar! el de quien pide limosna por costumbre. Pero Pedro y Juan le miran de una manera especial, es un fijar los ojos que reconoce y comprende el alcance de la enfermedad, no se dirige a los síntomas o a la necesidad inmediata sino al estado del corazón. Es el mirar del ser humano integrado que puede ayudar a los demás. El imperativo de Pedro es a un mirar distinto, a un darse cuenta, a un mirarse de frente al espejo y a no tener miedo de lo que se refleja. El cojo responde a su imperativo poniendo toda su atención como quien sabe que va a recibir algo importante.

v.6, Pedro le dijo: ‘No tengo oro ni plata; pero lo que tengo, te doy: en nombre de Jesucristo, el Nazoreo, ponte a andar’: el oro y la plata en su aspecto positivo están relacionados con lo divino, con la energía positiva, el sol, la pureza, la blancura, la sabiduría; pero en su aspecto negativo la moneda de oro es símbolo de perversión y exaltación impura de los deseos, así como la plata es el objeto de todas las codicias y el envilecimiento de la conciencia. Pedro y Juan, razón y voluntad integradas, no pueden dar de ésto porque no lo tienen y saben que no puede curar, al contrario, es lo que ha anquilosado más aún al cojo. Pero ellos sí poseen la experiencia de que hay algo más elevado que puede sanar/salvar: el nombre de Jesús. Según Mateo 1,21, Jesús significa “Dios salva”. Porque el nombre no es sólo un aspecto del sujeto sino el sujeto mismo; no es un “tú” filosófico, sino la energía de la persona entera que actúa al ser invocada. La orden de Pedro es más clara en el texto griego: ¡camina! (peripátei). La voz llega al centro del ser, es capaz de desbloquear, de despertar del letargo.

v.7, Y tomándole de la mano derecha le levantó. Al instante cobraron fuerzas sus pies y tobillos: ser cogido por la mano de Dios es recibir la manifestación de su espíritu, recibiendo la fuerza divina a través de la mano derecha, que sana del inconsciente a la parte racional. Me recuerda algunas versiones del icono del Descenso a los infiernos, que para la tradición de la iglesia oriental es equivalente a la resurrección: Cristo en el centro vestido de oro o de blanco, agarra con una mano a Adán y con la otra a Eva en la zona que nosotros llamamos “muñeca” y que es donde se comprueba el “pulso” del corazón. Cristo transmite la vida y permite al ser humano despertarse, integrarse y alzarse. Esto lo ilustra muy bien el verbo griego eguéiro que es utilizado en la mayoría de los pasajes del evangelio tanto para describir la resurrección de Jesús como los numerosos relatos donde Jesús resucita a los muertos. Esta “ayuda” de Pedro provoca el despertar del consciente del cojo manifestado en el consolidarse las plantas de los pies, es decir ya puede asentarse en esta vida con sus dos pies bien plantados y, mediante los tobillos, caminar hacia adelante, hacia el interior de sí mismo.

v.8, y de un salto se puso en pie y andaba. Entró con ellos en el Templo andando, saltando y alabando a Dios: el ser humano no está llamado a vivir postrado en el miedo, la inseguridad, la inconsciencia, sino que su vocación, su dignidad es la de “estar en pie”. Después de tanto tiempo a la puerta, todavía no es capaz de entrar sólo en su mundo interior, inexplorado; necesita apoyo, no puede separarse de la razón y la voluntad integrada por el Nombre de Jesús. Pero su alegría ya manifiesta el encuentro con sí-mismo, con el Dios del Templo, y esta alegría se traduce en saltos y en alabanza; el salto indica la ascensión celeste y la alabanza manifiesta la dependencia de la criatura ante el Creador, expresada en el gozo, la adoración o la imploración. Es el soplo de la criatura respondiendo al soplo creador.

v.9,10, todo el pueblo le vio como andaba y alababa a Dios, le reconocían, pues él era el que pedía limosna sentado junto a la puerta Hermosa del Templo. Y se quedaron llenos de estupor y asombro por lo que había sucedido: al caminar erguido, consciente, bien asentado en la vida, responsablemente, y entrar así sanado en el interior hace que las demás fuerzas (el pueblo) se reúnan en torno a este centro (v.11) y reconozcan (epeguínoskon) al que antes estaba a la puerta; por tanto, la salvación es fuente de conocimiento, de poner en orden las fuerzas dispersas. Además, una vez integradas, las lanza, las eleva por encima de ellas mismas llegando al éxtasis (ektáseos), a la unión con Dios que no es otra cosa que el estupor de la criatura ante su Creador.

Conclusión

Los símbolos, vistos desde la salvación, ayudan a curarnos y a descubrirnos el misterio de la vida. No se trata de simplificar o reducir la Biblia al nivel de la “autoayuda”, sino de profundizar en el mundo interior habitado por Cristo para encontrarme con él, para transformar a toda la persona desde su dimensión espiritual. Es decir, la psicología profunda quiere dejar abierto mi inconsciente para el encuentro con Jesús, para ser tocado y liberado por él en mi totalidad humana. Podemos llevar años haciendo lectio divina sólo a nivel racional, sin que cale, sin que profundicemos; quizá porque tenemos heridas y bloqueos que impiden que de la cabeza “baje” la corriente al “corazón”. Acercarnos a Jesús desde la exégesis espiritual y profunda, en la que mi ser es iluminado y sanado puede que ayude a alguien a desbloquear su corazón y producir el encuentro con Jesucristo, el mediador ante el Padre, el Hijo de Dios por medio del cual nos habla Dios mismo para liberarnos de toda angustia y curar todas nuestras heridas.


[1] Utilizo como base la traducción de la Biblia de Jerusalén

[2] Para éste y otros símbolos (puerta, este, plata, oro, etc.) me he ayudado del Diccionario de los símbolos (Herder 1988)

 

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