REFLEXIONES

¿ HACIA DÓNDE VOY ?

Isidoro Mª Anguita, abad de Huerta a la Fraternidad de Huerta

(junio de 2007)

 

En la vida todos tenemos metas a largo y corto plazo. Aquéllas determinan éstas, así como las metas más inmediatas son las que nos van a conducir a las de más largo alcance. Como sé que la amistad es buena y me hace bien, busco tener amigos y cuido mi relación con ellos. Son los pequeños detalles los que van cultivando la amistad. Esos pequeños detalles quizá no tengan mucho valor en sí mismos, pero adquieren una gran importancia en función de lo que más deseo. Y si quiero agasajar a alguien con una buena comida para cultivar nuestra amistad, el mero hecho de ir a por unos vasos para llevarlos a la mesa se trasforma en algo importante por el fin que pretendo. Por eso, la importancia que dé en mi vida a mis deseos más profundos, va a condicionar el mimo con que realice las pequeñas cosas. Cuando tenemos grandes metas, damos sentido a las pequeñas, e incluso las dificultades que encontramos empiezan a tener un contenido que engrandece lo que más deseamos.

Muchas veces nos hemos sorprendido viviendo las cosas con pasión, cuidando los pequeños detalles, pues había un deseo claro y profundo que nos impulsaba a ello. Y quizá otras muchas nos hayamos sorprendido actuando como por inercia, sin motivación ni deseo, como si ya no palpáramos esa atracción primera que era como una anticipación plena del fin perseguido. Pero no podemos engañarnos, no siempre podemos “sentir ardientemente” la meta que deseamos. Nuestro caminar es como un barco en el mar, no puede sentir claramente su avance, pero es real.

Para ir a la meta que no vemos, hemos de ir por las pequeñas metas que sí vemos y a veces no quisiéramos ver. En primer lugar está la aceptación humilde de lo que somos, nuestros temores y ansiedades, nuestra fragilidad e incoherencia, nuestros fracasos y falta de amor. Ver incluso en eso la presencia amorosa de Dios es anticipar ya la meta de nuestro camino. Es entonces cuando dejamos de huir de nuestros problemas para aceptarlos como parte de una realidad más plena, de un camino que nos lleva a una meta capaz de iluminar todo nuestro recorrido.

San Bernardo nos anima diciendo: “Una espuerta de estiércol es óptima para la raíz del árbol” (Parábolas, VII), siguiendo la idea de San Agustín cuando nos hace ver que el abono por sí mismo no vale para nada, pero que es capaz de hacer maravillas en manos de un experto jardinero.

¿Cuál es nuestra meta más valiosa, nuestro deseo más profundo? Probablemente ni lo sepamos a ciencia cierta. En la vida son varias las cosas que nos atraen poderosamente y nos hacen orientar nuestra existencia. Pero no siempre lo más consciente es lo más valioso. Necesitamos el aire más que nada, pero no nos damos cuenta de ello hasta que nos falta. No puede haber nada tan importante como mi propia razón de ser. Mi vida encierra un sentido en sí misma, un lugar de partida y una meta a la que estoy orientado, y en cuyo recorrido experimento otras más pequeñas.

El evangelio de San Juan comienza diciéndonos: “Al principio ya existía la Palabra. La Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios” (Jn 1, 1). La expresión griega dice pros ton Theon, que significa que la Palabra no sólo estaba “junto”, sino “orientada hacia” Dios, el Hijo orientado hacia el Padre. Por eso, cuando la Palabra se encarnó siguió teniendo esa actitud, por lo que vemos a Jesús de Nazaret siempre “orientado hacia” su Padre, buscando hacer sólo su voluntad, confiando en él, buscando momentos de soledad e intimidad con él.

 Nosotros, hechos a imagen divina, participamos de Dios y él es nuestra última meta. Ese Dios Amor que refleja su luz en todo amor. Hay un precioso poema de Sta Teresa de Jesús que dice: “Vuestra soy, para vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí?” Esa pregunta que también Jesús hacía a su Padre buscando hacer su voluntad, encontró respuesta en el anuncio del Reino: “Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre”, Jn 16,28; “Para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad”, Jn 18,37; “Padre mío.... que se haga tu voluntad y no la mía”, Mt 26,39. Nuestra misma existencia encierra una meta última -estar orientados hacia Dios Amor- y pequeñas metas que configuran el itinerario de Jesús: ser plenamente humanos en el amor, poniendo amor allí donde no lo hay, poniendo humanidad donde esa humanidad es pisoteada.

 Al final tendremos que hacer balance recogiendo toda nuestra vida en un instante. Quizá lo más importante no sean las cosas hechas o los acontecimientos vividos, sino el valor dado a todos ellos, la motivación con que los hemos afrontado, la orientación dada a nuestra vida. Esa orientación es la que nos habrá ido preparando para afrontar la última meta en sintonía con lo que hemos vivido.

 

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