LA VIDA CONSAGRADA

 

 

 

 

1. EXISTENCIA UNGIDA

 

     Sabemos que el apelativo “consagrada” ha sido habitual, en los últimos años, para referirse a la forma de vida que profesa, por medio de los votos, los llamados “consejos evangélicos”. Sin embargo, no es exclusivo de este tipo de vida. Toda forma de vida cristiana es, en sí misma, CONSAGRADA; lo que cambia es el estilo y la manera.

 

     ¿En qué sentido es consagrada la Vida Consagrada o Religiosa?

Toda consagración se debe a la acción del Espíritu. Según la Sagrada Escritura toda realidad se convierte en sagrada o consagrada cuando recibe el toque del Espíritu de Dios. Se habla de consagración bajo una doble perspectiva:

 

·        Consagración objetiva: por la que una persona, cosa o lugar queda ritualmente reservada al servicio divino.

·        Consagración subjetiva: o santificación producida por el Espíritu de Dios.

 

Para el pueblo de Israel tres son las características principales del acontecimiento espiritual de la consagración:

 

-         ELECCIÓN por parte de Dios, que “pone aparte en medio del mundo”.

-         FUERTE ESTABILIDAD, al ser instalado en la santidad permanente de Dios.

-         TESTIMONIO de la gloria de Dios; “mediación de alabanza y culto” ante los demás por parte de quien ha sido elegido.

 

     Podemos decir que la CONSAGRACIÓN propia de la Vida Consagrada, en el espíritu de las Escrituras, es la que se puede denominar “CONSAGRACIÓN DE SANTIFICACIÓN”, en el sentido de que:

 

-         Tiene como objetivo hacer santo: el mismo Dios que elige, ofrece al elegido participar de su propia santidad (cf. 1 Cor 1,2).

-         Penetra en el ser humano y lo transforma.

-         Está siempre en progreso continuo hacia una plenitud, que no se acaba sino en la escatología.

 

     Todo esto la distingue de la sacralización de una realidad profana (hecha a través de un rito; que no implica ninguna transformación interior y que es puntual, en orden a un servicio que hay que hacer).

 

     Podemos preguntarnos: ¿cómo se produce esta CONSAGRACIÓN-SANTIFICACIÓN?

 

     Alguien ha dicho que la vida de la Iglesia es el resultado de la respuesta de Dios a la “epíclesis” (invocación al Espíritu Santo) de la Iglesia. Con ello se puede afirmar que todas las formas de vida cristiana en la Iglesia son “epicléticas”.

 

     La consagración, en grado sublime, acontece en la Eucaristía: en la epíclesis eucarística sobre lo dones y la comunidad (antes y después de la consagración). A partir de ella debemos entender las demás consagraciones sacramentales y carismáticas que se dan en la Iglesia y, entre ellas, la consagración religiosa.

 

     La Eucaristía es el sacramento central, pero se proyecta en los demás sacramentos y acciones sacramentales de la Iglesia y en la misma vida de los cristianos. Podemos decir que en la Eucaristía el pentecostés sacramental se extiende sobre todo el cuerpo, en los otros sacramentos, alcanza a los miembros según la edad, sus necesidades y dones en Cristo.

 

     El Bautismo nos convierte en consagrados en Cristo y ungidos por el Espíritu. Se trata de una consagración de santificación, de invasión del ser humano por la santidad de Dios; pero a la que se es libre de consentir. La consagración es, por lo tanto, al mismo tiempo iniciativa de Dios que envía el Espíritu Santo a una persona y acogida voluntaria (por gracia) del Espíritu por esta persona. Dios CONSAGRA y el ser humano SE CONSAGRA. Por la consagración un ser humano hace de su vida una ofrenda agradable, un culto espiritual, se ofrece al Señor en amor total, sin división, se presenta ante él en obediencia filial.

 

     En la actual configuración de la sacramentalidad de la Iglesia hay dos momentos especialmente densos, en los que se simboliza unitariamente el compromiso de Dios por consagrarnos como hijos y enviados, son: el BAUTISMO y la CONFIRMACIÓN = “gran sacramento” de la filiación divina y de la misión filial; “gran sacramento” de la consagración como profetas, sacerdotes y reyes. También se ve en esta consagración del bautismo-confirmación el punto de partida de una vida carismática, en la que cada creyente explicitará y desarrollará los dones y carismas personales que ha recibido.

 

     La consagración del cristiano y, en correspondencia, cualquier forma de consagración particular en la Iglesia, sigue las mismas coordenadas de la consagración de Jesús por el Espíritu; podemos decir que está agraciado por una participación especial en la unción de Jesús por el Espíritu.

 

     Como en la experiencia consagrada de Jesús los cristianos somos consagrados-ungidos:

·        HACIA ADENTRO: por el Espíritu que nos hace hijos de Dios. El Espíritu va construyendo nuestra interioridad filial y nos hace entrar en estrechísima unión corporal con Cristo, nos hace Iglesia, nos habilita para acoger y vivenciar la vida de Dios en nosotros. La consagración así contemplada es santificación.

·        HACIA FUERA: El Espíritu que nos hace hijos, también nos hace enviados, nos habilita para la misión dentro del contexto del reino de Dios.

 

     La consagración es la respuesta de Dios a la necesidad que tenemos de ser animados permanentemente. Nos sentimos incapaces y limitados, y sólo podemos vivir en fidelidad a nuestra vocación, si estamos bajo el influjo de una “consecratio continuata”, que es el modo de providencia de nuestro Dios.

 

     Fuimos creados por obra del Espíritu Santo; gracias a su poder somos mantenidos en la existencia, en la vocación y en la misión. El Espíritu llevará a cabo en nosotros el proyecto del Abbá: la redención de Jesús. Toda nuestra existencia está bajo el influjo de la consagración que viene del Espíritu. Esta acontece en cualquier lugar, en momentos inesperados, en las circunstancias más sorprendentes. El Espíritu se sirve de todas las criaturas para actuar en nosotros y potenciarnos.

 

2. “CHRISTIFIDELES CONSECRATI”

 

     La función de la Vida Consagrada en la misión de la Iglesia responde a los principales elementos que definen esta forma de vida.

 

     Mientras que las formas de vida cristiana secular encarnan los modos normales de la vivencia histórica de la fe, las formas de vida consagrada intentan ser memoria del proyecto originario de Dios y profecía de la plenitud escatológica.

 

     La Vida Consagrada, movida por el Espíritu, se siente llamada a re-presentar –como Jesús -, en este mundo caído, aquellos aspectos del proyecto originario de Dios que el pecado ha oscurecido; por eso renuncia a aquellos bienes que se extralimitaron.

 

     El celibato-virginidad, la pobreza y el servicio de la obediencia se convierten así en reclamos proféticos de un proyecto creador-escatológico que se ha visto y se ve tantas veces contradicho en la historia humana. De esta manera, las formas proféticas de la Vida Consagrada intentan equilibrar la existencia histórica de los creyentes seglares con la memoria de los orígenes y del fin.

 

     Esta forma de vida propone ciertos valores “transculturales” y “transhistóricos”, que la sociedad necesita visibilizar. Como grupo minoritario y radical, la Vida Consagrada ejerce una función imprescindible en la misión, aunque a precio de marginación y separación social.

 

     El carisma de la Vida Consagrada se caracteriza por ser un carisma que consagra y acapara toda la existencia del que lo ha recibido y lo sitúa en condición de “anormalidad” social a través de una vida de misión evangélica en celibato, pobreza, obediencia y vida fraterna. La misma Iglesia la protege y la exige, para que así pueda ejercer en ella su función profética y simbólica.

 

La Vida Consagrada dentro de la misión de la Iglesia, está llamada a ejercer una doble función:

 

*        Correctivo-crítica

-         Cuando la Iglesia se acomodaba excesivamente a este mundo, era confrontada con “lo único necesario” (así nace el Monacato).

-         Cuando la Iglesia se identificaba con la sociedad mercantil, le proclamaban con insistencia el mensaje evangélico de la pobreza (así nacen la Ordenes Mendicantes).

-         Cuando la Iglesia tendía a cerrarse al nuevo humanismo, manteniendo una postura simplemente negativa, los Institutos Apostólicos le han indicado la forma de atender a los problemas más urgentes de la sociedad (así nacen las Sociedades de vida Apostólica).

-         Cuando los religiosos han vivido con autenticidad su vocación, se han convertido en un serio correctivo para la comunidad eclesial.

 

*        Innovadora

Ofreciendo aportaciones nuevas en lo referente a la espiritualidad (monástica, mendicante, apostólica); al estilo de vida (penitencial, austeridad, vida común); a la misión (sanidad, educación, acción social, misiones, inserción en el mundo empobrecido); a la creación cultural (ciencia, artes técnica).

 

     Los pertenecientes a la Vida Consagrada están llamados a realizar la misma misión que los fieles seculares; pero no de la misma forma que ellos. Los laicos seglares se hacen presentes en la misión del Reino de Dios y de la Iglesia bajo forma de encarnación en los valores humanos; las personas consagradas en celibato, pobreza y obediencia, se hacen presentes en la misión bajo forma de contraste y anormalidad profética. Todo esto quiere decir que:

 

*        La Vida Consagrada forma en la Iglesia un grupo alternativo, separado por el estilo de vida y ministerios, de las estructuras normales de la sociedad. Estilo de vida en celibato, pobreza y permanente discernimiento en búsqueda de la voluntad de Dios Padre. Cuando así se vive en toda su radicalidad, se está en la sociedad de forma distinta y un tanto distante. Para mantenerse así es necesario una gran espiritualidad.

 

*        Esta espiritualidad es el dinamismo carismático de los orígenes que se va apoderando de todo el ser y actuar del individuo. Pero es necesario acercar el carisma al momento presente, a través de una profecía nueva.

 

*        La Vida Consagrada no ha ido surgiendo históricamente con la finalidad de resolver problemas, sino como símbolo que inspire e incite a la sociedad y a la Iglesia a resolver sus problemas en la perspectiva del Reino, que ya se está haciendo presente. Los verbos que caracterizan la misión de los fieles consagrados no son tanto los “verbos de instrumentalidad” (hacer, atender), cuanto los “verbos simbólicos” (significar, inspirar, manifestar, estimular, trascender).

 

     La vocación consagrada es una vocación definida fundamentalmente no por sus renuncias sino por los valores asumidos. Puestos a ver las cosas en perspectiva de renuncia, también acontece lo mismo en el matrimonio; cualquier tipo de elección supone renuncia. Los valores que dan origen a la vocación a la Vida Consagrada no son, en primer plano, ni el celibato, ni la pobreza, ni la obediencia (o en nuestro caso la obediencia, la estabilidad y la conversión de vida). Es una energía del Espíritu capaz de anticipar en algo la plenitud del Reino de Dios Padre. El atractivo carismático es de tal envergadura que puede seducir toda una vida e implicar una dedicación tal que hace irrelevante para tales personas la vida en pareja, e incluso la capacidad procreadora. Esos valores encienden la persona, la hacen entrar en situación de éxtasis, de potenciación de todas sus capacidades, y la dedican al servicio, a la diaconía del reino de Dios.

 

     En la llamada a los valores que da lugar a la Vida Consagrada destaca de una manera especial una realidad que es más que un valor abstracto. La razón de ser de esta peculiar vocación tiene muchísimo que ver con la persona que es Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios. Es el valor por excelencia. Es una realidad de nuestro mundo que ejerce un atractivo extraordinario, insuperable. Así lo sentimos mujeres y hombres, dispuestos a dejarlo todo por él y por seguirlo sin ningún tipo de trabas y de preocupaciones.

 

     Cuando Jesús dice a sus discípulos que no son ellos quienes lo han escogido, sino él quien los escogió, indica que el estar con él no depende de la libre elección, sino de la llamada.

 

     En el decurso de la historia de la Iglesia hombres y mujeres hemos ido teniendo la convicción de que Jesús nos llama para una forma de vida que se caracteriza por el maximalismo del seguimiento, por el deseo de “no anteponer nada a Jesús” (RB). Lo que puede parecer una forma de vida, inútil al progreso de la ciudad terrena, se justifica desde otras perspectiva: la función simbólica y estimulante que esta forma de vida ofrece a la Iglesia y a las comunidades humanas.

 

     Se ha recurrido a la metáfora de la liminalidad para explicar aspectos específicos de la vocación consagrada. La Vida Consagrada en todas sus formas ha ido apareciendo a lo largo de la historia de la Iglesia como un modo de existencia liminal, fronteriza, no convencional. Como forma peculiar de seguimiento de Jesús, la Vida Consagrada puede ejercer una función profética y para ello está habilitada.

 

     Propio del profetismo bíblico y cristiano es presentar a la sociedad una conciencia alternativa, un modo alternativo de vivir y de actuar. La Vida Consagrada se siente integrada en el profetismo que constituye el ser mismo del pueblo de Dios y, dentro de él, pone de relieve - de modo especial - la alternativa de la vida según las bienaventuranzas. Ella se sabe constituida desde dos polos: desde la vocación de Dios y desde las provocaciones de nuestra sociedad. De esta manera intenta ser respuesta profética a través de su forma de vida específica.

 

     Las personas que viven esta forma de vida de modo relevante actúan como mistagogos (introductores al misterio) para los demás. Su experiencia religiosa les lleva a poner en evidencia, y si es necesario de forma contrastante, determinados valores éticos como la simplicidad y la austeridad, la centralidad de la relación y el encuentro con lo santo, la misericordia y la no violencia, la moderación y el recogimiento, la armonía con el cosmos y la vida en comunión. Por eso muestra una admirable libertad con relación a las instituciones y las relativiza, a veces, ostensiblemente. Jesús, se convierte, entonces, para ellos y ellas, en el iniciador de esta forma de vida y en su realizador más perfecto.

 

     La forma de vida religiosa, de la liminalidad del seguimiento e imitación de Jesús, no se entiende sin la referencia a lo que sucedió en la etapa profética de la vida de Jesús. El creyente, llamado a realizar su vocación “revive” en sí, por fuerza del Espíritu de Cristo, el proceso de consagración y compromiso que vivió el mismo Cristo. En él y por él se siente amado y urgido a la vez, y su respuesta, como la de Cristo, es de libre aceptación, de obediencia filial, de absoluto amor.

 

     Al tropezar con la tentación, la incomprensión, el abandono, la angustia, la misma muerte; frente a cualquier situación límite, la renovación de la libre decisión viene estimulada, nunca coaccionada, por el dinamismo del amor en el que ha sido asumido.

Toda decisión puede contar con el atractivo de la gracia, que supera -¡siempre¡ o al menos ¡a la larga¡- la seducción del mal.

 

     La liminalidad propia de las distintas formas de Vida Consagrada tiene mucho que ver con la redención del ser humano, con la colaboración con Jesús en la salvación de este mundo perdido. Por eso, no es extraño que la vocación a la Vida Consagrada comience con una fuerte experiencia de conversión o también de compasión por la situación de la humanidad.

 

     Ejercer una función simbólica en el mundo actual, con todos sus desequilibrios, conflictos y perspectivas es tarea compleja que exige discernimiento y audacia; discernimiento para saber dónde, cómo y cuándo. Además, hemos de tener claro que ejercer una función simbólica es cuestión de calidad más que de número.

 

  

 

3. “YO HAGO VOTO DE CARIDAD PERFECTA” (tres perspectivas de un solo voto)

 

     Lo característico de la profesión religiosa es la respuesta a una vocación peculiar, carismática, que envuelve y compromete toda la vida de quien ha sido llamado. Se expresa esta respuesta ordinariamente a través de la fórmula: “YO HAGO VOTO A DIOS DE CASTIDAD, POBREZA Y OBEDIENCIA”.

 

      La promesa de la profesión religiosa es una y triple. Expresa su unidad en una tríada, que son los votos de castidad, pobreza y obediencia; y la tríada expresa la unidad total de la entrega.

 

     Castidad, pobreza y obediencia no son, sino los símbolos de una respuesta sin reservas, total, al carisma recibido. Sin reservas:

 

*        En cuanto al propio ser, porque hacen referencia a la totalidad de la existencia humana: el ámbito del corazón, de la vida y de las posesiones.

*        En cuanto al tiempo, porque no solamente se entrega el pasado y el presente, sino que en el don se quiere anticipar todo el futuro a través del voto.

Independientemente de la fórmula que se utilice, lo que se intenta expresar es una respuesta sin reservas al Dios que llama a su elegido. De una forma muy lúcida, Santo Tomás de Aquino lo denominó “sacrificio de holocausto” para indicar que en la oblación no se reserva nada de la víctima ofrecida. Si el sentido de la profesión es entrega total, eso significa que cada uno de los votos no es una parte de tres en el conjunto de la entrega, sino más bien una dimensión, una perspectiva desde la que se expresa y simboliza la entrega total.

 

     Los llamados tres votos no son tres votos distintos, sino uno solo en tres perspectivas; son variaciones de una vida según la nueva alianza en el amor que cada uno de ellos enfatiza en una dimensión del mandamiento principal: sea el amor a Dios o al prójimo, sea el amor con todo el corazón (castidad), con toda el alma (obediencia), con todas las fuerzas (pobreza).

 

     “Yo hago voto a Dios”, es la respuesta a una alianza, a un pacto, ofrecido por Dios a los elegidos. Por una parte Dios se compromete a conceder el don y el elegido se compromete a desplegarlo en libertad. Las cláusulas de la alianza se reducen a una: el mandamiento principal, el mandamiento nuevo de Jesús, el amor. El amor es mandamiento, porque es el carisma de los carismas.

 

     Entrar en la alianza con Dios es, en principio, una pretensión excesiva para cualquier persona. Necesitamos un MEDIADOR = JESÚS; que nos invita a beber la copa de la nueva alianza en su sangre. La profesión religiosa es entrega a Dios sumamente amado; es decidirse a vivir para él, sin anteponer nada a Jesucristo. Sea cual fuere la fórmula, lo decisivo e importante es la proclamación pública, eclesial, de entrega a Dios en alianza eterna y sin reservas.

 

     Esta alianza propia de la profesión religiosa, se expresa, generalmente en tres cláusulas, que son los tres votos:

 

A) CASTIDAD: “AMAR CON TODO EL CORAZÓN”

 

     Es la mejor actitud que define la vida de todo consagrado. Y si intentáramos definir la castidad, como virtud evangélica, diríamos que es la expresión de un insaciable anhelo por el “día del Señor”.

     Está estrechamente ligada con el amor y la entrega. El amor le pide la entrega total.

     La actitud de Jesús, virgen, cuyo amor quiso ser exclusivo en su misión = entrega al Padre sin ligarse a compromisos humanos, y universal en su entrega = radical de sí mismo a los demás hombres en función de la cercanía del Reino que anunciaba.

     La virginidad, puro regalo de Dios, no es en primera instancia una renuncia, sino que evoca, por encima de los “hematomas” del combate, siempre el amor. El amor casto sobre la verdadera libertad.

     Es un “tesoro que llevamos en vasijas de barro”(2 Cor 4,7). Pero Dios es nuestra fuerza(Ef 6,10). Por eso se nos invita siempre a mantener un contacto familiar y continuo con la Palabra, lugar de la fuerza de Dios, hasta llegar a resonar de continuo en nuestro corazón virginal

 

B) POBREZA: “AMAR CON TODAS LAS FUERZAS”

 

     Es el compromiso de vivir desposeído, gratuitamente, de hacer de las posesiones instrumentos y mediaciones del amor.

     El deseo de poseer es una tendencia innata y la cultura en la que nos movemos lo favorece de manera especial. El cultivo del carisma de la pobreza libera del “deseo de tener más, que es una idolatría”(cf. Col 3,5; Ef 5,5). Por eso, introduce cada vez más profundamente en el ámbito de la alianza con el único Dios y Padre = “NO PODÉIS SERVIR A DIOS Y DINERO”(Mt 6,24).

     El maximalismo del Evangelio se demuestra en la pobreza, ante todo, como amor. Se percibe que no es la pobreza o el desposeimiento en cuanto tal, o el ahorro, o la capacidad de vivir con lo mínimo imprescindible, lo que define el camino de la pobreza evangélica, sino el amor, la caridad: “AUNQUE REPARTIERA TODOS MIS BIENES, Y ENTREGARA MI CUERPO A LAS LLAMAS, SI NO TENGO CARIDAD, DE NADA ME APROVECHA”(I Cor 13,3).

 

C) OBEDIENCIA: “AMAR CON TODA EL ALMA”

 

     La pertenencia a la Vida Consagrada es un modo concreto de pertenecer a Jesús. Entrar en la Vida Consagrada es entrar en la obediencia de Cristo; pertenecer a su obediencia, conformarse con él; es, ante todo, aceptar, acoger, someterse a lo que se realizó de una vez por todas en Cristo Jesús, asentir a la realidad definitiva del Reino.  En la obediencia de la fe descubrimos nuestra propia identidad. Creer es renunciar al narcisismo y a vivir desde uno mismo. En la cruz hemos sido desposeídos de nosotros mismos. Por el amor y la fe queremos pertenecer totalmente a aquel que “ME AMÓ Y SE ENTREGÓ POR MÍ”(Gal 2,20). Pertenecer al Señor es reinar. Pertenecernos a nosotros mismos, o a otros “señores” es esclavizarse.

     Obediencia es el nombre de la respuesta cristiana a la vocación. El Espíritu hace posible esta obediencia a través de su moción en lo profundo del alma, de la vida. Los seguidores vamos escuchando del Señor una serie de normas para la misión, de consejos evangélicos, que hemos de ir obedeciendo. La forma de vida del discípulo es la obediencia.

     El consagrado que sigue a Jesús y participa de su vida no quiere retener como un tesoro su autonomía personal. Renuncia a autodeterminar su persona y su destino, a configurar y conducir su vida de forma autónoma, para recibir de Jesús y de la comunidad eclesial la ley de su nueva vida. A esta despersonalización corresponde la más alta personalización en Cristo Jesús. Como ha dicho un autor: “El cristiano, por la ley del amor, sirviendo se libera y por libertad sirve”

 

4. “EL ALMA DE TODO”: la imitación o seguimiento de Cristo

 

     El consagrado es un DISCÍPULO peculiar de Jesús.

     Desde la experiencia evangélica hemos de empezar diciendo que el discipulado cristiano no se limita al mero aprendizaje de una doctrina y de su consiguiente puesta en práctica, sino que se transforma fundamentalmente en un SEGUIMIENTO.

 

     Podemos preguntarnos: ¿imitación o seguimiento?.

     Decir que vitalmente la imitación va implicada, de una manera u otra, en la categoría de seguimiento. Los discípulos que seguían a Jesús se pusieron por eso mismo a imitar sus formas de comportamiento ante los hechos más importantes de la vida.

     Sin embargo la condición básica del discipulado cristiano se expresa, en los cuatro evangelios, mediante la idea de seguimiento más claramente que mediante la imitación. Además podemos decir que el término seguimiento es más rico que el término imitación:

 

 

*        Imitación

-         Imitar es “copiar” un modelo, que normalmente suele ser estático-fijo.

-         El sujeto suele orientarse al modelo para retornar sobre sí mismo.

-         El centro de interés, la mayoría de las veces, está en el propio sujeto.

-         Supone frecuentemente centrarse en el propio perfeccionamiento.

 

*        Seguimiento

-         Supone salir de sí mismo para asumir un destino, o cumplir un objetivo.

-         Supone la presencia de un agente principal que avanza delante.

-         Implica actividad a realizar, camino a recorrer

-         El centro de interés está en el destino que se persigue.

 

     Seguir a Jesús consiste en asumir el mismo destino que siguió él. Su destino no sólo comportaba un fin que había que conseguir –redención del género humano- sino además un medio, es decir, un camino y un procedimiento, que es el AMOR.

     El consagrado es un discípulo peculiar de Jesús. Y el discípulo, que nunca es superior a su maestro, siempre lo sigue. No basta con arrancar. Hay que seguir, sabiendo que, “EL QUE ME SIGUE NO ANDA EN TINIEBLAS”(JN 8,12), porque “YO SOY LA LUZ DEL MUNDO” y “EL CAMINO LA VERDAD Y LA VIDA”(Jn 14,6). Pero el seguimiento de Jesús no es un camino agradable ni fácil; “EL QUE NO ME SIGUE CADA DÍA Y NO TOMA SU CRUZ, NO PUEDE SER DISCÍPULO MÍO”(Mt 10,38). La vida consagrada, por ser un seguimiento serio de Jesús, es radicalmente cruz.

     El seguimiento de Cristo y su imitación no se traduce en “sentimiento”, ni en mera “interioridad”. Es participación real y “física”, en una adhesión personal y en mismo camino, que es el Señor mismo. Así, toda tentativa por conocerle, por entenderle, es siempre un ir, un seguir. Sólo siguiéndole sabemos de quien nos hemos fiado.

 

 

 

Os invito leer el capítulo VI de la Constitución “Lumen Gentium” del Concilio Vaticano II, sobre “los religiosos”; así como el Decreto conciliar “Perfecte caritatis” y la exhortación apostólica postsinodal de Juan Pablo II “Vita Consecrata” (La Vida Consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo) (25-II-1996).

 

 

Propuesta de TRABAJO PARA EL TRIMESTRE

 

·        Lectura y reflexión personal de los apuntes dados en Huerta.

 

·        Destacar tres ideas que me hayan llamado la atención del tema y explicar cómo me han iluminado.

 

·        ¿Cómo puede ayudar la experiencia de la Vida Consagrada a los laicos?

 

·        ¿Qué palabras de ánimo nos daríais los laicos a los monjes?.

 

·        Poner en común en los grupos lo que me ha enriquecido el tema.

 

 

 

 

 

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