LA IGLESIA

NACIMIENTO Y COMUNIDAD APOSTÓLICA

 

O. INTRODUCCIÓN

 

Mientras vivió en la tierra, Cristo hizo muchas cosas, más vulgares unas, más importantes otras, todas de “signo salvador”. Entre todas ellas, destaca una que merece atenta y detenida consideración. Nos referimos a la Iglesia. Él sabía muy bien que había de desaparecer un día del escenario humano. Pero su obra debía permanecer a través de los siglos. Para esto fundó la Iglesia.

Podemos comenzar por considerar la Iglesia como un hecho que está ahí, delante de nosotros, en el periódico que leemos cada día, en la TV, en los obispos y sacerdotes que conocemos, en los seglares que hablan de ella. ¿Quién no ha dicho nunca una palabra a favor o en contra de la Iglesia? Algo serio e importante debe ser cuando tantos la alaban y tantos la discuten.

Vamos, pues a profundizar sobre la Iglesia. En este tema nos ocuparemos de su nacimiento. ¿Existió desde siempre o comenzó en algún momento de la historia humana? ¿Fue invención humana o más bien iniciativa de Dios? Y si fue Cristo su fundador, ¿cuándo y cómo la fundó?

 

1. DIOS “NO IMPROVISA” (LG 2)

 

Esta afirmación que es válida para el orden natural se aplica de modo especial a lo que se refiere al plan de salvación.

Sabemos que el plan de Dios comenzó con la creación, se frustró con el pecado y se recuperó por medio de Jesucristo (cf. Ef 1,3-5). Desde el comienzo Dios crea al ser humano para que viva en comunidad; no sólo unos con otros, sino unos para los otros. Esta forma natural da un paso cualitativo en la llamada a formar parte del Pueblo de Dios. Nosotros, por ser cristianos, tenemos conciencia de esta doble vocación y pertenencia. La vocación y pertenencia a la Iglesia, aunque es posesión de los cristianos, permanece como llamada para toda la humanidad, pues “es voluntad de Dios que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4).

Dios, que no improvisa, procede acomodándose a la marcha de los acontecimientos, en un progreso constante. El Concilio Vaticano II afirma que la Iglesia fue “preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en el Antiguo Testamento” (LG 2). No repetimos aquí esta historia vista ya a lo largo de los temas expuestos por el P. Severino.

Hay en esta compleja historia del pueblo de Israel un “fermento” que la empuja siempre a un desarrollo, a una marcha siempre adelante, como presintiendo la presencia cada vez más próxima del Salvador esperado y del nuevo Pueblo de Dios.

 

2. ¿PROVIENE LA IGLESIA DE JESÚS? (LG 3)

 

Pregunta fundamental.

Algún autor ha dicho que “Jesús anunció el reino de Dios, y vino la Iglesia”.

Ya hemos dicho que el destino de la salvación es para todos los hombres de todos los tiempos (Cf. 1 Tim 2,4); por eso creemos que Jesús se ocupó de instituir este “sacramento de salvación universal” ( cf. LG 1).

Sabemos que en los evangelios todo sucede de modo espontáneo y natural y por tanto buscar en ellos un “acto fundacional de la Iglesia” es algo inútil. Sin embargo parece claro que en la conciencia de Jesús hay una intención precisa de formar, con los discípulos, una comunidad de vida y misión (cf. Mc 3,14). Por ello podemos decir que:

·        Entre Jesús y la Iglesia existe un lazo fundamental de conexión, que es la persona y la obra del mismo Jesús. Este predicó el mensaje del Reino y reunió una comunidad de discípulos, que constituyeron el germen de la futura Iglesia. Sobre estas bases, los apóstoles organizaron la Iglesia que perdura hasta hoy. Asumieron los elementos que había introducido el Jesús histórico, los tradujeron a la nueva situación y, bajo la luz del Espíritu Santo, establecieron las estructuras fundamentales de la Iglesia. De esta manera se puede y se debe decir que la Iglesia proviene de Jesús.

·        No se puede decir que en la vida del Jesús histórico hubo un momento determinado en el que él instituyera formalmente la Iglesia. Entre otras razones, porque Iglesia, en el sentido más profundo y formal de la palabra, no pudo haber antes de la venida del Espíritu Santo. Sólo después de la resurrección y de la venida del Espíritu comprendieron los discípulos plenamente que Jesús era el Mesías y el Hijo de Dios.

·        De alguna manera se puede afirmar que la Iglesia es el resultado de un lento proceso de evolución en la conciencia de los primeros cristianos: conciencia de quién era Jesús; y conciencia también de la esencial diferencia entre la comunidad de Jesús y el judaísmo.

Es posible descubrir un progreso en la fundación de la Iglesia, que podemos distinguir en tres tiempos:

·        Anuncio/preparación

Jesús se ocupa de anunciar el Reino de Dios (Mc 1,15), al que describe con rasgos y características que son los que habrá de tener la futura Iglesia. Aunque hemos de decir que ésta no coincide con aquel en todos los planos; es más bien su inicio en el mundo (“sacramento”, “germen”).

·        Nacimiento

Hemos dicho más arriba que podemos llamar “al tiempo de la resurrección y venida del Espíritu” el “tiempo eclesial” de la historia evangélica: su “nacimiento”. Aunque el Concilio Vaticano II habla del “comienzo y expansión significados por la sangre y el agua que manan del costado de Cristo crucificado” (LG 3). Claro que no hay resurrección sin muerte.

·        Manifestación

Aunque “nacida” de la Pascua del Señor Jesús; podemos decir que la Iglesia comienza a existir verdaderamente el día de su manifestación, que tuvo lugar en Pentecostés. Verdaderamente la Iglesia se sintió “animada” y como empujada por un viento nuevo, por una llama viva.

 

3. EL ESPÍRITU Y LA IGLESIA (LG 4)

 

Los profetas de Israel atestiguan que el Espíritu es la fuerza de Dios que crea y recrea al nuevo pueblo de Dios (cf. Is 32,15; 44,3; Ez 11,19). Quizá por eso se puede comprender la impresionante manifestación del Espíritu en la Iglesia naciente (Hch 2,17-19).

En la teología del Nuevo Testamento el Espíritu se manifiesta sobre todo por los signos y prodigios realizados en medio de los hombres. La misión de la Iglesia como comunidad del Espíritu consiste en anunciar la Buena Nueva del Reino (derecho y deber de defender la verdad revelada) y especialmente en sanar, curar, liberar. Podemos decir que la función fundamental de la Iglesia, animada por el Espíritu, en medio del mundo, es: “terapéutica”. La verdad total es que la Iglesia es la comunidad del Espíritu porque hace ver a los que están como ciegos, porque hace andar a los que no pueden avanzar por la vida, porque libera a los cautivos y porque hace que haya vida donde reinan los poderes de la muerte.

 

4. LOS DISCÍPULOS “SIN” JESÚS

 

Reunidos en Jerusalén, a partir de la ascensión, el grupo de los discípulos espera el cumplimiento de la palabra de Jesús acerca de la promesa del Padre, la efusión del Espíritu Santo (Hch 1,14).

“Pentecostés” asegura que lo anunciado por el profeta Joel sobre la efusión del Espíritu en los últimos tiempos ha tenido cumplimiento. Esto provoca un importante movimiento de adhesión a la comunidad; lo que exige un cambio de mentalidad, sobre todo por lo que se refiere a Jesús de Nazaret: debe admitirse que ha sido constituido Mesías y Señor, que ha sido resucitado de entre los muertos, que se halla sentado a la derecha de Dios, que es el Hijo de Dios (cf. Hch 2,36-38; 3,19-20, etc.). Como signo y ratificación de esta adhesión a Jesús deben recibir el bautismo en su nombre (Hch 2,38), por el que se les concede el perdón de los pecados y se hacen acreedores del don del Espíritu (Hch 2,38).

Los discípulos sienten la necesidad de dar testimonio en un inusitado afán proselitista: “No cesaban de enseñar y anunciar a Cristo Jesús” (Hch 5,42).

Llama la atención que muy pronto se rompen las barreras que dividen a los hombres en el orden religioso, seguramente las más difíciles de superar. Ya el día de Pentecostés, muchos convertidos son prosélitos; más tarde se admite a un eunuco, que estaba excluido de la comunidad de Israel; pero nadie se había atrevido a enfrentarse con el problema de la agregación o admisión de los paganos; sabemos que este paso audaz no se realizará sin cierta oposición que difícilmente será superada, y provocará numerosos conflictos en las primeras comunidades. Este paso lleva implícita la ruptura de la nueva comunidad con el judaísmo.

 

5. LAS PRIMERAS COMUNIDADES

 

Hemos de agradecer a S. Lucas que haya consignado esta curiosidad histórica. Fue en Antioquía, la ciudad marítima de Siria, donde los seguidores de Cristo fueron llamados con el nombre de cristianos. Antes de llamarse cristianos, eran conocidos por diversos nombres. En los evangelios son llamados “discípulos”. Después de morir Jesús, se les llamaba “hermanos”, “fieles” y también “santos” (así llamaba Pablo a los cristianos de las iglesias por él fundadas). El nombre de católicos, con el que nos designamos los que pertenecemos a la Iglesia que preside el sucesor de Pedro, viene motivado por la existencia de diversas confesiones cristianas (Católicos, Ortodoxos, Iglesias Reformadas)

Varios textos del libro de los Hechos de los Apóstoles (algunos llaman a este libro el “Evangelio del Espíritu” o “el libro de la Iglesia”) resumen la vida de las primeras comunidades cristianas: “Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones” (Hch 2,42; 4,32-35). Estas pequeñas síntesis nos ayudan a focalizar la atención en lo que es clave en toda comunidad de discípulos de Jesucristo:

 

A) Comunidad de creyentes

 

Los apóstoles gozaban de un enorme prestigio en la comunidad, son los testigos de la vida y sobre todo de la resurrección de Jesús. Se les consideraba como “las columnas de la fe”. Los creyentes se reúnen en torno suyo para oír las explicaciones nuevas y más amplias sobre la vida de Jesús, sobre sus enseñanzas, sobre su pasión, su muerte y su resurrección. Explican esa vida y muerte como un cumplimiento de las Escrituras, como la realización de la palabra misma de Jesús. Estas enseñanzas dadas de viva voz constituyen el sustrato de nuestros evangelios actuales.

Esta enseñanza es en esencia en todos la misma, aunque puedan variar los detalles o el modo de la exposición. La comunidad, aún la más lejana, tiene, pues, una misma fe, un solo evangelio (cf. Gal 1,8-9; 1 Cor 15,1; 2 Cor 11,4).

Es verdad que la predicación de los apóstoles iba acompañada de signos y milagros, y esto daba una fuerza irresistible a la palabra que se anunciaba. Pero en el hecho de venir a la fe, todo depende, en definitiva, de una atracción interior que es debida al Espíritu Santo. A la predicación, seguía la conversión del corazón y así llegados a la fe se bautizaban. La fe toca siempre la zonas más profundas del ser humano. El punto de partida suele ser un acontecimiento externo, generalmente la proclamación o explicación de la Palabra, a esta le sigue el proceso de cambiar el “hombre viejo” pecador por el “hombre nuevo” de la gracia y de la vida en Cristo. Es el paso de “oyente” a “creyente”.

 

B) Comunidad de culto

 

No se puede hablar de verdadera comunidad si no media entre los miembros una auténtica unión de espíritus. Pero esta unión no alcanza densidad y “calor” si no es en la celebración de la fe común. Se nos dice en los Hechos que en estas reuniones cultuales se oía la Palabra, se celebraba la Eucaristía, se oraba.

Poco a poco estas reuniones fueron tomando cuerpo. La costumbre judía de celebrar el “sábado” fue dejando paso al “primer día de la semana”, al que llamaron el “día del Señor” (“Dominus” o “domingo”), en recuerdo de la resurrección (Hch 20,7-8: La reunión se centra en la “fracción del pan”, que trata de rememorar la “cena del Señor”; Pablo explica la Palabra y las lámparas le dan un ambiente litúrgico). En virtud de este recuerdo y del mandato de Jesús, esta fracción del pan se convierte en comida ritual, en la que se hace memorial de la entrega que Cristo hizo de sí mismo, de su cuerpo y de su sangre, en el pan y el vino, durante la última cena

Pablo escribiendo a los de Corinto les recuerda el significado de esta tradición “que ha recibido del Señor y que a su vez les ha transmitido” (1 Cor 11,23).

Casi tocando con la comunidad apostólica San Justino (siglo II) nos ha dejado este testimonio: “Y el día llamado del sol, primero de la semana, se tiene una reunión en un mismo lugar de todos los que habitan en las ciudades y en los campos, y se leen los comentarios de los apóstoles o las escrituras de los profetas..., y cuando hemos terminado de orar se presenta el pan, vino y agua, y el que preside eleva las oraciones y acciones de gracias... Y se da y se hace partícipe a cada uno de la Eucaristía”.

La oración es la actividad con la que la comunidad expresa sus sentimientos para con Dios. Al principio participa en la oración judía (Hch 2,46; 5,12-13; 3,1). Pero junto a ella pronto aparece la oración propia de la comunidad, unida de ordinario a la fracción del pan (Hch 20,7-11). Cuentan con oraciones propias, enseñadas por el mismo Jesús. Los apóstoles consideran la oración tan esencial al ministerio que debe abandonarse lo que la impida (cf. Hch 6,4).

 

C). Comunidad de caridad

 

La unión de la comunidad no se manifiesta sólo en la fe. El dinamismo de ésta lleva a la unión de los corazones, de las voluntades y aún de los mismos bienes materiales, como ocurre en Jerusalén. Si quisiéramos caracterizar con un rasgo a las primeras comunidades cristianas, no tendríamos otras palabras que las que nos dan los Hechos: “Tenían un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32).

La vivencia profunda de la caridad les llevó a hacer efectiva una auténtica comunicación de bienes. No hay otro distintivo inequívoco para ser reconocido como discípulo de Jesús.

Pero la comunidad cristiana conoce también el pecado en sus miembros; incluso después de hallarse asistida por el Espíritu y por la presencia del Señor resucitado, a pesar de alimentarse con su Cuerpo y con su Sangre, a pesar de la oración. Pedro, en efecto se muestra débil con los judaizantes, lo que escandaliza a los cristianos venidos de la gentilidad; Pablo y Bernabé discuten enconadamente, hasta el punto de tener que separarse en la tarea apostólica; en la comunidad existe la ambición y el fraude; existe el pecado moral (“ Cor 12,20-21); la misma celebración de la Cena del Señor se presta a abusos, y la comunidad enriquecida con abundancia de dones del Espíritu conoce la división (1 Cor 11,21; 12-14), que atenta contra la “unidad y el amor” en la que jesús había puesto su ilusión.

 

D) Comunidad de testigos

 

La persecución es otra de las señales que acompañaron a las primeras comunidades; en muchos casos esto les llenaba de alegría. Testigo por excelencia iba a ser el mártir. Esteban abrirá una larga lista de nombres. Pero esta sangre producirá una fecunda cosecha. La conmoción producida por lo de Esteban originará una fuerte dispersión  que llevará el Evangelio a muchas regiones del Imperio, originando una rápida difusión del mismo.

 

6. LA COMUNIDAD ORGANIZADA

 

La comunidad cristiana no ha sido nunca un a comunidad amorfa.

En primer lugar existe en ella, a pesar del amor y de la unidad entre todos sus miembros, una diferencia de oficios y ministerios. Al principio se concentran todos en los apóstoles, pero poco a poco estos van dejando ministerios en manos de otros, reservándose algunos para ellos. Así ellos presiden la fracción del pan, se reservan el ministerio de la palabra y la imposición de manos (cf. Hch 2,42; 6,2; 8,14-17). Cuando los apóstoles tienen que abandonar algunas comunidades por ellos fundadas, dejan encargados de las mismas y al frente de ellas a personas escogidas y probadas (Hch 14,23; 20,17). Les encargan velar por los fieles a ellos encomendados, por la pureza de la doctrina, por la vida santa de la comunidad (1 Tim 4,11.13; 2 Tim 4,1-2.5).

Los apóstoles están al frente de la comunidad universal. Cuando hay que tomar decisiones importantes actúan como cuerpo, como grupo o colegio, asistidos por la luz del Espíritu.

Pedro aparece como portavoz de todos ellos; es aceptado como piedra de la comunidad y responsable de la fe de sus hermanos.

El poder apostólico se extiende a lo doctrinal, a lo disciplinar y a lo cultual: presiden las asambleas litúrgicas, parten el pan, anuncian la palabra, oran por las comunidades, admiten a ella o expulsan de las mismas, perdonan el pecado. No tienen poder sobre el Espíritu, pero tienen obligación, y en esto se manifiesta su servicio y su amor a la comunidad, de discernir los espíritus, porque no todos son de Dios (cf. 1 Cor  12-14; Tit 3,9-11; 1 Tes 5,12).

Los que les sustituyen para continuar su cuidado sobre la comunidad, a veces han sido designados también de un amanera profética (¡ Tim 4,14); otras veces son designados directamente por el apóstol o su sucesor, lo que asegura la continuidad de la misión encomendada por Jesús.

La función de los “presbíteros” (“ancianos”) no está claramente indicada.

También aparecen los diáconos y diaconisas, como ministerio fundamentalmente de la caridad.

Pero el grupo más numeroso es el de los fieles; entre los que, en muchas comunidades, el Espíritu reparte multitud de dones y carismas (1 Cor 12).

 

 

Propuesta de TRABAJO PARA EL TRIMESTRE

 

·        Os invito a ir leyendo poco a poco los Hechos de los Apóstoles.

 

·        Lectura y reflexión personal de los apuntes dados.

 

·        Reflexiona estas cuestiones:

 

. Cuando se dice: “yo creo en Jesucristo, pero no creo en la Iglesia” que están o estamos queriendo decir y por qué?.

. Hemos dicho que la Iglesia es “sacramento universal de salvación”: ¿De qué forma hace presente a Cristo en la vida de los hombre? ¿Cómo hace presente en tu vida a Cristo? Y tú: ¿cómo haces presente a Cristo en la vida de tus hermanos y hermanas, los que viven y comparten tu vida y tu fe?.

. ¿A qué te compromete ser Iglesia?

 

·        Poner en común en los grupos lo que nos ha enriquecido el tema

 

 

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