LA HUMILDAD

 

(RB 7)

 

Es un estilo de vida que se expresa en el reconocimiento de la dignidad humana en uno mismo y en los demás, y que crece en comunión con Jesucristo, en el respeto del Padre y en la laboriosa construcción de las relaciones entre los seres humanos.

 

Es una actitud que se nutre de pobreza y dignidad. Es una afirmación de talentos que hay que negociar y no enterrar. La humildad crece en el riesgo de las realizaciones y de las opciones, no olvida el límite y la precariedad, libera las aspiraciones, combate el fatalismo. Antes que una serie de actitudes a adoptar, la humildad, es un modo de ser y de relacionarse. Caracteriza al ser humano en el modo de valorar y aceptarse a sí mismo y en la posición que adopta en el mundo y frente a Dios.

 

Etimología

El vocablo latino humilitas usado por RB viene de humilis, y éste a su vez traduce el griego tapeinós, (bajo, pequeño, pobre, servil, despreciable), al igual que homo y humanus, procede de humus, y significa “perteneciente a la tierra”, “formado del polvo de la tierra”, “cercano a la tierra”. El hombre (homo), tomado de la tierra (humus), vive conforme a su constitución, es humilis en el sentido más amplio del término.

Ni la cultura romana ni la griega consideraban la humildad como un ideal a conseguir, ni siquiera una virtud. Aunque Sócrates enseñó a ser honrado consigo mismo y practicó la máxima del oráculo de Delfos: “Reconoce que eres hombre y no dios”. Humilitas no se convierte en vocablo positivo, como expresión de un ideal moral y religioso, más que en el léxico de los autores cristianos; como disposición de espíritu opuesta a toda clase de orgullo, de presunción, de vanidad, de autosuficiencia, “la vena de esta humildad brota de otro manantial; emerge de Cristo” (San Agustín, Enarrationes in ps. 31, II 18)

 

En la Escritura

En la historia de la salvación destacan los “anawin” o “pobres de Yahvé”, como un pueblo purificado, con virtudes apropiadas a su estado de vida: obediencia, resignación, prontitud para el sufrimiento, temor de Dios, esperanza, piedad y humildad. La espiritualidad de esta gente sencilla humilde y religiosa alcanza su cima más alta en María.

En el A.T., la Palabra de Dios lleva al hombre a la gloria por el camino de una humilde sumisión a Dios, su creador y salvador. En el N.T., la Palabra de Dios se hace carne para conducir al hombre a la cima de la humildad, que consiste en servir a Dios en los hombres. Tal fue la obra de Jesús de Nazaret; él se presenta como el Mesías de los pobres, de los humildes, en el sentido religioso del término = los que no sólo están despegados de las riquezas terrestres, sino también, y sobre todo, sienten en lo hondo de su espíritu la propia miseria moral, la necesidad de Dios, el deseo de Dios.

La idea de humildad en la doctrina de Jesús tiene dos vertientes: pobreza ante Dios, mansedumbre con los hombres, pero ésta procede de la pobreza profunda sentida con respecto a Dios.

Jesús mismo se cuenta entre los “anawin” y se ofrece como modelo (Mt 11,29). Humildad radical respecto a su Padre en su conducta como Mesías, y humildad fraterna, llena de compasión y mansedumbre, respecto a los hombres; cuya máxima manifestación va a ser el espíritu de servicio (Mt 20,28). Así lo entendió la Iglesia primera; San Pablo, exhortando a los filipenses a hacer suyos los sentimientos de Cristo, les brinda como un modelo la kénosis voluntaria de Cristo (Flp 2,5-8). Ser humilde, en el sentido cristiano de la palabra, consiste en seguir a Cristo humilde, identificarse con Cristo humilde, hasta el punto de imitarle en su kénosis hasta la cruz, para cumplir la voluntad de Dios y prestar a los hombres el supremo servicio de dar la vida por ellos.

 

 En la Regla de San Benito, capítulo 7

La humildad, cuando San Benito compuso su Regla, significaba, ante todo y sobre todo, la respuesta del hombre a la actitud íntima y profunda de Cristo. Era imitación de Cristo. De ahí que se tradujera también en obediencia. Porque la humildad de Jesucristo se expresó en una obediencia extrema a la voluntad de su Padre, hasta abrazarse con la muerte, y una muerte de cruz.

En múltiples pasajes hace referencia la Regla de San Benito a la humildad, pero su doctrina se concentra en el capítulo 7. Su doctrina sobre la humildad constituye el núcleo más representativo de la espiritualidad de San Benito: una pedagogía paciente, un camino sencillo para abrir unos cimientos y hacer lugar al Señor, para hundir unas raíces, para despojarnos de todo para llegar a ser pobres de nosotros mismos y poder seguir así a Jesucristo.

 

- v.1-4: como en tantos otros capítulos, Benito comienza con una llamada a espabilarse, a prestar atención a que lo que va a decir es el fundamento de todo lo que seguirá: Clamat nobis Scriptura divina. “La Escritura nos grita fuertemente”. ¿El qué?: “Todo el que se exalta será humillado y el que se humilla será exaltado” (Lc 14,11). Es decir, al cielo se sube bajando; y que la exaltación es “una forma de soberbia” (v.2). Pues es el soberbio cree no necesitar la fuerza que le viene de Dios, que le está alimentando y nutriendo, por eso será arrancado del pecho (v.4).

 

 

Benito nos orienta para empezar nuestra vida espiritual conociendo nuestro lugar en el universo, nuestra conexión, nuestra dependencia de Dios en la pequeña grandeza que tenemos.

La humildad es la base de las relaciones como es debido en la vida

 

- v.5-9: enlazando con la vocación del candidato (Prol. 14-15) Benito pregunta al monje si realmente “quiere” alcanzar la cumbre, si “quiere” llegar velozmente a la exaltación celeste. Por una parte, éste es el tipo de “voluntad” que San Benito quiere, la de la respuesta libre y decida del monje y no los caprichos. Por otra parte es cuestión de toda la vida en lo concreto de la vida presente (v.5 y 8). Y para poner en relación ambos planos (nuestro humus y la cumbre) es necesario un instrumento. San Benito se inspira en la “Escala de Jacob” de Gn 28,12-13. No es algo material ya hecho por donde subir, sino que “es preciso que levantemos por el movimiento ascendente de nuestros actos” (v.6); es decir, nuestro actuar en la vida concreta será lo que la construya, subiendo por la humildad y bajando por la altivez (v.7). ¿Cuándo llegará al cielo? No será cosa nuestra, sino del Señor, quizá no lo percibamos pero será cuando “el corazón se haya humillado” (v.8). De nuevo un lazo estrecho con la obediencia y contra el orgullo del pecado original (Prol.2-3). Los dos largueros son para Evagrio la vida ascética y la vida mística. Para Benito es necesario que nos apoyemos tanto en el cuerpo como en el alma, en el ser humano completo, exterior e interior, ojos y corazón (v.9).

 

 Los doce grados

Los actos para subir o bajar no debemos inventarlos, la “llamada divina” ya los ha dispuesto. San Benito se contenta con doce, número sagrado. Reproducen el itinerario que va del temor al amor perfecto a través de la humildad y sus diversas manifestaciones. No son invento de San Benito, sino que transforma los “indicios” del célebre sermón de toma de hábito atribuido al abad Pinufio por Casiano (Inst. 4,31), en grados o peldaños. Los reelabora y enriquece recurriendo constantemente a la Escritura; también los “cristianiza” al atribuir a Cristo los efectos transformantes de la caridad. Ser humilde implica ante todo reverenciar a Dios. No hay sucesión cronológica entre todos ellos, no son etapas sucesivas del crecimiento espiritual. Se pueden agrupar por temas que van desde el temor de Dios al amor perfecto a través del mismo temor de Dios (grado 1), la obediencia (grados 2, 3 y 4), el abajamiento (grados 5, 6, 7 y 8), la taciturnidad (grados 9, 10 y 11) y el comportamiento externo (grado 12). Los siete primeros tienen por objeto la conducta interna; los cinco últimos su conducta exterior.

 

- Primer grado (v.10-30)

El contenido del primer grado resulta bastante complejo. Sus temas se entrecruzan y se repiten. Los v. 10 al 13 son una exposición de todos los temas y del v. 26 al 30 su recapitulación. Los primeros hablan del principio de la sabiduría que es “el temor del Señor”, procurando no echarlo en olvido, considerando sus preceptos y evitando los pecados, sobre todo los de la voluntad propia y los deseos de la carne; sabiendo que Dios y sus ángeles nos miran. Los versículos centrales desarrollan estos temas apoyándose en la Escritura: del v.14 al 18 trata sobre los pensamientos (cogitationes); del v.19-22 sobre la voluntad propia (voluptatibus); del 23 al 25 sobre los deseos de la carne (desideriis carnis). La recapitulación (v.26-30) insiste en la acción de ver, observar, mirar.

 

Tener presente que el Dios que buscamos nos tiene presentes. Dios está dentro de nosotros para que caigamos en la cuenta de ello.

Optar por Dios supone concentrarse en nutrir el alma, en lugar de satisfacer la carne.

 

Es una invitación a aceptar a Dios en la propia vida; se trata del misterio de Dios en nosotros. Una vez que hemos tomado conciencia de la proximidad de Dios y de su mirada podremos comenzar la ascensión. En todos los aspectos de la vida, desde el mundo interior del deseo y del pensamiento, hasta la actividad externa, el sentido de Dios, el temor de ofenderlo, se sobrepone al egoísmo y nos libera de la esclavitud de las pasiones. La aceptación de uno mismo delante de Dios no nos deja fijados en la pasividad, sino todo lo contrario; ya no preocupa el perfeccionamiento pues se tiene la convicción de que el Espíritu de Dios irá dando aquello que necesitamos para servir al Reino, para ser útiles a los otros.

 

No es la perfección la que nos lleva a Dios, sino la perseverancia. 

 

- Segundo grado (v. 31-33)

A partir de aquí San Benito nos pone explícitamente delante de Cristo pobre y obediente hasta la muerte. No estamos solos en la ascensión, nos adherimos a las actitudes de Cristo, estamos incorporados a él. En este grado Benito opta por un lenguaje afectivo; sabe cuánto el ser humano se ama (amans) y se deleita (delectetur) en sí mismo, pero no más allá de sí mismo. Por tanto le pide que no ponga todo su amor en su propia voluntad ni se complazca tanto en satisfacer sus deseos. Como es difícil, el único ejemplo válido es el del Señor, que renunció a su voluntad para ponerse bajo los planes del Padre.

 

Si Dios es mi centro y mi fin, entonces debo aceptar su voluntad sabiendo que en ella se encuentra la plenitud de vida para mi, aunque me resulte poco clara. 

 

 - Tercer grado (v.34)

Corto en extensión, pero su profundidad da miedo. Es el mismo Cristo quien arrastra en su seguimiento a este descenso, que representa todo lo contrario al orgullo de Adán. Sólo la imitación de Cristo (imitans) por amor de Dios (pro Dei amore), que se hizo obediente hasta morir (obediens usque ad mortem), puede dar sentido a ponerse bajo las órdenes de un superior (se subdat maiori).

 

Resistirse tercamente a los cuestionamientos de las personas que tienen derecho a tener pretensiones sobre nosotros es una peligrosa incursión en la arrogancia y la negación de las relaciones

 

 - Cuarto grado (v.35-43)

Aunque no menciona expresamente ni el ejemplo ni la imitación de Cristo, equivale realmente a la muerte en cruz. Se trata cada vez menos de esfuerzos virtuosos y cada vez más de una senda por la que se sigue al Señor, en la que el monje se deja llevar y maltratar como él. El meollo del capítulo lo constituyen una actitud y un convencimiento. La actitud que reflejan el verso 35 y el 36: “sin decir nada, se abrace con la paciencia en su interior (tacite conscientia patientiam amplectatur) y, manteniéndose firme, no se canse ni se eche atrás”. La obediencia interiorizada, en lo profundo del corazón (interior cordis). La imitación de Cristo no es moral, exterior y material, sino íntima, de comunión, de participación en su misterio de dolor y muerte. Y el convencimiento es el del v.39: “seguros con la esperanza (spe) de la recompensa divina, prosiguen alegres (gaudentes)”, ya que no es la petición de un Dios justiciero o vengativo, sino que brota del amor (qui dilexit nos) como dice expresamente citando Romanos 8,37.

 

Es mejor ser capaz de abordar los aspectos difíciles de la vida y crecer a partir de ellos que hacer que las cosas salgan siempre bien y no aprender nada de ellas.

 

¿Por qué tantos ideales y generosidad frustrados y fracasados?, la causa fundamental es por no estar sumergidos en el sentido de Dios, el cual espera de su discípulo tomar la cruz y seguirle.

 

El objetivo del siglo XXI es curar todas las enfermedades, allanar todos los obstáculos, acabar con todo estrés y prescribir panaceas inmediatas. No esperamos, no toleramos, no soportamos...

Persiste, persevera, aguanta. Es bueno para el alma moderarla

  

- Quinto grado (v.44-48)

Introduce un tema muy valorado por la tradición monástica: la apertura del corazón al abad o a los ancianos espirituales, con el fin de ir alcanzando la madurez a través de un discernimiento de espíritus. De alguna manera, es ir confrontándose en la subida de la humildad y ver si esos pensamientos que vienen al corazón (cogitationes malas cordi suo advenientes), de los que hablaba en el primer grado y que no ayudan en el ascenso, puedo confesarlas humildemente (per humilem confessionem) sin esconderlas (non celaverit) al que me puede ayudar a sanarlas, como reiteran las citas bíblicas.

 

Una vez que admitimos ante nosotros mismos quiénes somos, ¿qué otra crítica puede humillarnos, perjudicarnos o rebajarnos? Una vez que sabemos quiénes somos, todas las falsas ilusiones de grandeza, todo el fariseísmo que hay en nosotros muere, y nos ponemos en paz con el mundo. 

 

La apertura del corazón se fundamenta en la fe y en la humildad. Fe en la voz del Espíritu que se hace más asequible y más clara a través de la palabra del hermano que tiene ya experiencia de Dios; Humildad que permite superar las inhibiciones del amor propio, librándolo del aislamiento en que lo confinan la autosuficiencia y el pecado.

 

- Sexto grado (v.49-50)

Sería un error acentuar de modo masoquista la humillación en detrimento del aspecto fundamental que es la alegría de las cosas humildes y el gozo de ser independiente de las valoraciones humanas. Dice san Benito que el monje se contente (contentus sit monachus); es decir que acepte lo que hay y que lo haga de buen ánimo, igual que los obreros del evangelio (Lc 7,10) que  sólo hicieron lo que tenían que hacer, lo que constituía su obligación. De nuevo llama a la interioridad de la verdadera humildad (dicens sibi), en contraposición a la que tantas veces se proclama sin sentirla.

 

En una sociedad sin clases, el status es arrebatado de modos inofensivos pero corrosivos: tarjetas de visita, maletines de piel con iniciales, invitaciones...

Es malo para el alma tener más de lo necesario, que nos harta. El objetivo de la vida no es acumular sino sacar partido a lo que tenemos.

 

- Séptimo grado (v.51-54)

Otro aspecto fundamental es la conciencia serena y confiada de sentirse pecador. Se nos invita a una progresiva liberación que nos lleva a la madurez y de ese modo a la valoración auténtica de nosotros mismos y de lo que Dios es para nosotros. ¿por qué no sólo confesarlo sino que también lo crea con el más profundo afecto del corazón (intimo cordis credat affectu)?

La verdadera conversión, en este aspecto, nos llevará a superar actitudes infantiles de la vida centrada en uno mismo; se renuncia a atribuir a los otros los propios fracasos; no se vive pendiente de las valoraciones de los otros, en un vaivén de euforias y depresiones; se aprende a asumir los propios pecados sin menospreciarse, volviendo a reemprender el camino tantas veces como fuere necesario. Uno se vive no como centro del mundo, sino sumergido en el misterio de Dios, que es misterio de amor.

 

Aceptar nuestra pequeñez esencial nos libera para respetar, reverenciar y tratar amablemente a quienes han dejado que su propia pequeñez saliera a la luz. Tenemos la oportunidad de ser benévolos. 

 

 - Octavo grado (v.55)

La regla del monasterio (communis monasterii regula) y el ejemplo de los mayores (maiorum exempla) son experiencias de los santos puestas a nuestro alcance. Hay dos aspectos decisivos en el camino de la humildad, que San Benito nos recuerda: hay que dejar de lado el afán obsesivo de originalidad y de afirmación personal; hay que asumir con fe el misterio de las mediaciones humanas como una consecuencia del gesto de Dios a través de la Encarnación.

 

Resulta imposible llegar a saber lo que la propia luz no tiene el poder de señalar 

 

- Noveno grado (v.56-58)

Enlaza directamente con el capítulo 6 de la Regla, tanto en los términos (taciturnitatem) como en las citas bíblicas. Este silencio es fundamentalmente atención, disponibilidad, una fecundación previa a toda palabra auténtica, tanto de cara a Dios como de cara a los otros. Eso pide una ascesis y una mesura que nos hagan capaces de una auténtica comunicación con los otros, puesto que la abundancia de las palabras encubre con frecuencia la incapacidad de una auténtica comunicación.

 

Benito dice una y otra vez: escucha, aprende, procura estar abierto a los demás. Este es el fundamento de la humildad. Y la humildad es el fundamento del crecimiento. 

 

- Décimo grado (v.59)

La risa no era bien considerada en el monacato primitivo. Pero este grado no va contra el humor sino contra la ligereza de la risa fácil e incontrolada del necio que ríe por cualquier cosa sin discernimiento porque, según la Escritura, el necio se ríe estrepitosamente (exaltat vocem suam). Y el monje no debe ser necio sino sensato.

 

El humor nos permite ver la vida desde una perspectiva nueva y graciosa. En presencia del humor aprendemos a tomarnos más a la ligera a nosotros mismos. 

 

- Undécimo grado (v.60-61)

Atendiendo al noveno grado el undécimo es su consecuencia: tal como se haya madurado y discernido la palabra en el silencio del corazón, así se reflejará al exterior cuando haga uso de esa palabra. Y San Benito tiene muy claro cómo se puede distinguir a un monje en vías de “humildación”: leniter (reposadamente, con suavidad, dulzura), sine risu (con seriedad, sin reír), humiliter (con humildad), cum gravitate (gravedad), pauca verba (pocas palabras, breve), rationabilia (juiciosamente, juiciosas palabras). Para hacernos una idea podemos pensar en sus contrarios...

 

“Situarse en lugares bajos”, ser amable con los demás, suave en los comentarios, gentil en el corazón y tranquilo en la respuesta, no acosar nunca ni abrumar al otro con la bulla o la mofa son aspectos de la espiritualidad benedictina de los que el mundo bien podría aprender.

 

 - Duodécimo grado (v.62-66)

Describe la actitud de la persona madura en el camino de la humildad. La vivencia interior de la presencia de Dios (non solum corde monachus; dicens sibi in corde) domina todo su ser y le confiere un modo de comportarse coherente aún en las expresiones corporales.

En las personas llenas del sentido de Dios la percepción del propio pecado es tan intensa como la conciencia gozosa del perdón reiterado, infinitamente amoroso de Dios. Precisamente por eso no podemos tomar nunca, ni en el cuerpo, ni en el espíritu, aires de autosuficiencia, sino la actitud sencilla de los humildes que todo lo esperan de Dios.

 

La humildad es el fundamento de nuestra relación con Dios, de nuestra conexión con los demás, de la aceptación de nuestra persona, de nuestro modo de utilizar los bienes de la tierra e incluso nuestro modo de caminar a través del mundo sin arrogancia... 

 

 - Epílogo (v.67-70)

Llegamos a la finalidad, al objetivo hacia el que debe tender el ascetismo del monje para llegar un día al fin supremo, que es el Reino de Dios. A través del temor de Dios, la renuncia al mundo y a la propia voluntad, la obediencia, el progreso en la humildad – considerada esencialmente como imitación y seguimiento de Cristo en su abajamiento -, procura conducir al monje hasta la “pureza de corazón” (v.70), a la perfección de las virtudes (v.68.69), y a la caridad que echa fuera el temor (v.67).

Finalmente es importante que San Benito atribuya al Espíritu Santo toda esta ascensión. San Benito deja al monje bajo la guía del Espíritu Santo en el lindero de una vida mística para la cual la Regla ha sido una introducción.

 

Si podemos vivir sencillamente, si podemos respetar y reverenciar a los demás, si podemos ser una parte fiable de nuestro mundo sin pavonearnos ni controlarlo ni cambiarlo ni distorsionarlo, entonces habremos alcanzado el amor que excluye el temor. 

 

 

 

Propuesta de TRABAJO PARA EL TRIMESTRE

           

· PARA IR PROFUNDIZANDO

- Como siempre la lectura lenta y atenta de los apuntes, con la RB delante.

- Además del capítulo 7, en la Regla pueden consultarse estos números en los que aparece la humildad: Prol 29-34; 2,21; 3,4; 4,34.69; 5,1; 6,1.7; 20,1-2; 27,3; 29,2; 31,7.13; 34,4; 45,1.2; 47,4; 53,6; 57,1; 60,5; 61,4; 65, 14.

 

· PARA IR ATERRIZANDO EN LA VIDA

- Actitudes nuevas que me exige adoptar o revisar.

 - Escoge uno o varios grados que más afecten a tu vida: interprétalos, actualízalos.


 

LOS GRADOS DE HUMILDAD Y SOBERBIA

 

 

PRIMER GRADO DE SOBERBIA: LA CURIOSIDAD

 

El primer grado de soberbia es la curiosidad. Puedes detectarla a través de una serie de indicios. Si ves a un monje que gozaba ante ti de excelente reputación, pero que ahora, en cualquier lugar donde se encuentra, en pie, andando o sentado, no hace más que mirar a todas partes con la cabeza siempre alzada, aplicando los oídos a cualquier rumor, puedes colegir, por estos gestos del hombre exterior, que interiormente este hombre ha sufrido un cambio. El hombre perverso y malvado guiña el ojo, mueve los pies y señala con el dedo. Por este inhabitual movimiento del cuerpo puedes descubrir la incipiente enfermedad del alma. Y el alma que, por su dejadez, se va entorpeciendo para cuidar de sí misma, se vuelve curiosa en los asuntos de los demás. Se desconoce a sí misma. Por eso es arrojada fuera para que apaciente a los cabritos. Con acierto llámanse cabritos, símbolos del pecado, a los ojos y a los oídos; porque, lo mismo que la muerte entró en el mundo por el pecado, así penetra por estas ventanas en el alma.

El curioso se entretiene en apacentar a estos cabritos, mientras que no se preocupa de conocer su estado interior. Si cuidas con suma atención de ti mismo, difícil será que pienses en cualquier otra cosa. ¡Curioso!, escucha a Salomón. Escucha, necio, al sabio: Por encima de todo guarda tu corazón; y todos tus sentidos vigilarán para guardar aquello de donde brota la vida. ¡Curioso!, ¿adónde vas cuando te alejas de ti?; ¿a quién te confías durante ese tiempo?; ¿cómo te atreves a levantar los ojos al cielo, tú que pecaste contra el cielo? Clava tus ojos en tierra para que te conozcas. La tierra te dará tu propia imagen; porque eres tierra y a la tierra has de volver.

 

Sin embargo, por dos motivos se te permite levantar los ojos sin cometer la menor falta: para pedir auxilio y para ofrecerlo. David levantó los ojos a los montes para pedir auxilio. El Señor los levantó sobre las turbas para compadecerse. El uno lo hizo por su miseria; el otro, por su misericordia. En ninguno de los dos se halló rastro de falta. Si tú, considerando el lugar, el tiempo y la causa, levantas los ojos por tu propia necesidad o por la de tu hermano, no sólo no te considero culpable, sino que te alabo sobremanera; pues la miseria excusa lo primero, y la misericordia recomienda lo segundo. Si, en cambio, lo haces por otro motivo, pensaré de ti que eres imitador, no del profeta ni del Señor, sino de Dina o de Eva, e incluso del mismo Satanás.

Dina salió a apacentar los cabritos, fue raptada a su padre y perdió su virginidad. Dina, ¿por qué tuviste que ir a curiosear mujeres extranjeras?; ¿qué necesidad, qué utilidad se te imponía?; ¿fue por pura curiosidad? Tú miras con ingenuidad; otros te miran con malicia. Tú contemplas con curiosidad, pero otros te contemplan con otra curiosidad superior. ¿Quién iba a pensar entonces que aquella tu curiosa inocencia, o tu inocente curiosidad, iba a ser no sólo ociosa, sino muy perniciosa .para ti, para los tuyos y para los enemigos?

Eva, tú vas a vivir en el paraíso, para cultivarlo y guardarlo en compañía de tu marido. Si cumples lo ordenado, pasarás a otro lugar mejor, donde ya no tendrás que ocuparte de trabajo alguno ni de preocuparte por cuidarlo. Se te permite comer de todos los árboles del paraíso, excepto del llamado de la ciencia del bien y del mal. Si los frutos de los demás árboles son buenos y saben bien, ¿qué te mueve a comer del árbol que sabe mal? No se debe saber más de lo que conviene. Probar el mal no es saborearlo, sino haber perdido el gusto. Guarda bien lo que se te ha confiado; espera lo prometido. Evita lo prohibido, no sea que pierdas lo que ya posees.

¿Por qué te obsesionas con tu propia muerte? ¿Por qué diriges con tanta frecuencia tus ojos inquietos hacia ese árbol? ¿Por qué te agrada mirar lo que no se puede comer? Tú me respondes: sólo me acerco con los ojos, no con las manos. No se me ha prohibido mirar, sino comer. ¿Es que no puedo levantar hacia donde quiera estos dos ojos que Dios ha dejado a mi libertad? El Apóstol responde: Todo me está permitido, pero no todo me aprovecha. No es pecado; pero es síntoma de pecado. Si tu alma se mantiene alerta, la curiosidad no encontrará momentos ociosos. Esto tampoco es pecado, pero te hace propenso a faltar. Es indicio del pecado que se ha cometido y causa del que se va a cometer.

Cuando miras con ansiedad hacia el árbol prohibido, la serpiente se introduce a hurtadillas en tu corazón y te habla con lisonjas; ahoga tu corazón con halagos y disipa con mentiras tu temor sugiriéndote este retintín: «¿Morir?, ¡en absoluto!» Te excita la gula para que hiervas en ansiedad; agudiza la curiosidad con la sugestión del deseo. Te ofrece lo prohibido y te arrebata lo que ya tienes. Te da una manzana y te roba el paraíso. Por tragarte el veneno, morirás y darás a luz a los que han de morir. Se perdió la salvación, pero los hombres siguen naciendo. Nacemos y morimos. Nacemos para morir, porque morimos antes de nacer. Este es el yugo pesado que oprime a tus hijos hasta el día de hoy.

 

 

SEGUNDO GRADO: LA LIGEREZA DE ESPÍRITU

 

El monje que no cuida de sí mismo, controla curiosamente a los demás. A los que ve superiores a él, los estima un poco; pero a los que considera inferiores, los desprecia. En los primeros ve cosas por las que se come de envidia; en los segundos, actitudes que le provocan irrisión. De aquí se sigue que el espíritu, zarandeado por esa incesante movilidad de los ojos, y totalmente ajeno al cuidado de sí mismo, unas veces quiere encumbrarse por la soberbia y otras queda abatido hasta lo más profundo por la envidia. Tan pronto está lleno de maldad y se consume de envidia, para después reírse como un niño ante su propia gloria. La primera actitud respira maldad; la segunda, vanidad; y ambas, soberbia. Porque el amor de la propia gloria es lo que le hace sentir dolor por lo que le supera y alegría de sentirse superior.

Estos cambios de espíritu los manifiesta en el modo de hablar: unas veces es lacónico y mordaz; otras, locuaz y vano. Ahora revienta de risa, luego estalla en llanto, y siempre es un irreflexivo. Si quieres, compara estos dos grados de soberbia con los últimos de humildad: fíjate cómo en el último se cercena la curiosidad; y en el penúltimo, la ligereza. Lo mismo observarás en los restantes grados si los comparas entre sí. Pero pasemos ya a explicar el tercer grado sin caer en él.

 

 

TERCER GRADO: LA ALEGRÍA TONTA

 

Es característico de los soberbios suspirar siempre por los acontecimientos bullangueros y ahuyentar los tristes, según aquello de que el corazón del tonto está donde hay jolgorio. El monje, una vez bajados los dos primeros grados de soberbia, llega, por la curiosidad, a la ligereza de espíritu. Se siente incapaz de soportar la humillante experiencia de un gozo que tanto anhela, pero siempre bañado en tristeza, cuando constata el bien de los demás. Busca entonces el subterfugio de un falso consuelo. Reprime la curiosidad para rehusar la evidencia de su bajeza y la nobleza de los otros. Se inclina hacia el lado opuesto. Pone de relieve aquello en que cree sobresalir y atenúa con disimulo las excelentes cualidades de los demás. Así pretende cegar lo que considera fuente de su tristeza y vivir en una incesante alegría fingida. Fluctuando entre el gozo y la tristeza, cae al fin en el cepo de la alegría tonta. Aquí planto yo el tercer grado de soberbia.

Con esto tienes ya suficientes indicios para saber si este grado se da en ti o en otros. A estos tales nunca les verás gimiendo o llorando. Si te fijas un momento, pensarás que se han olvidado de sí mismos, o que se han lavado de sus pecados. Pero sus gestos reflejan ligereza; su semblante, esta alegría tonta; y su forma de andar, vanidad. Son propensos a las chanzas; fáciles e inclinados a la risa. Como han borrado de su memoria todo cuanto les puede humillar y entristecer, sueñan y se representan todos los valores que se imaginan tener. No piensan más que en lo que les agrada, y son incapaces de contener la risa y de disimular la alegría tonta.

Se parecen a una vejiga llena de aire; si la pinchas con un alfiler y la aprietas, hace ruido mientras se desinfla. El aire, a su paso por ese invisible agujero, produce frecuentes y originales sonidos. Esto mismo ocurre al monje que ha inflado su corazón de pensamientos vanos jactanciosos. La disciplina del silencio no les deja expulsar libremente el aire de la vanidad. Por eso lo arroja forzado y entre carcajadas por su boca. Muchas veces, avergonzado, esconde el rostro, comprime los labios, aprieta los dientes, ríe constreñido y suelta risotadas como a la fuerza. Aunque cierra la boca con sus puños, todavía deja escapar algunos estallidos de nariz.

 

 

CUARTO GRADO: LA JACTANCIA

 

Si a la vanidad le da por tomar cuerpo y sigue inflándose la vejiga, se llega a un grado de dilatación tal que se precisa un orificio mayor. De lo contrario, podría reventar. Esto ocurre en el monje que rebasa la vana alegría. Ya no le basta el simple agujero de la risa o de los gestos; y prorrumpe con la exclamación de Eliú: Mi seno es como vino sin escape que hace reventar los odres nuevos. Si no habla, revienta. Está cargado de verborrea, y el aire de su vientre le constriñe. Anda hambriento y sediento de un auditorio al que pueda lanzar sus vanidades, arrojar todo lo que siente y darse a conocer en lo que es y vale. A la primera ocasión, si la temática versa sobre ciencias, saca a colación sentencias antiguas y nuevas, ensarta una perorata con el eco de palabras ampulosas. Se adelanta a las preguntas; responde incluso a quien no le pregunta. Propone cuestiones; las resuelve él mismo, y corta a su interlocutor, sin dejarle terminar lo que había empezado a decir. Cuando suena la señal y se precisa interrumpir la conversación, la hora larga transcurrida le parece un instante. Pide permiso para volver a sus historias fuera del tiempo señalado. Claro que no lo hace para edificar a nadie, sino para cantar su ciencia. Podría edificar, pero eso ni lo pretende. No trata de enseñarte o aprovecharse de tus conocimientos, sino de demostrarte que sabe algo.

Si la conversación versa sobre religión, en seguida saca a relucir visiones y sueños. Luego elogia el ayuno, recomienda las vigilias y se hace lenguas de la oración. Diserta ampliamente sobre la paciencia, la humildad y sobre cada una de las virtudes con una ligereza pasmosa. Si tú le escuchas, dirías que lo que rebosa del corazón lo habla por la boca; y que el hombre bueno saca cosas buenas de su almacén de bondad.

Si la conversación declina en mera diversión, entonces se muestra como un fenómeno de locuacidad que domina la materia a las mil maravillas. Si le oyes, dirás que su boca es todo un torrente de vanidad, un alud de chocarrerías, hasta el punto de provocar la ligereza incluso en las personas más sensatas y recatadas. Resumiendo en breve todo lo dicho: En el mucho hablar se descubre la jactancia. A lo largo de estas líneas tienes descrito y enumerado el cuarto grado. Huye de él, pero recuerda su contenido. Con esta advertencia pasemos ya al quinto; lo titulo «la singularidad».

 

 

QUINTO GRADO: LA SINGULARIDAD

 

Sería bochornoso, para los que presumen ser superiores a los demás, no sobresalir en algo por encima de lo ordinario y no llamar la atención con su propia superioridad. Ya no les basta la regla común del monasterio ni los ejemplos de los mayores. No procuran ser mejores, sino parecerlo. No desean vivir mejor, sino aparentar el triunfo para poder decir: No soy como los demás. Se lisonjea más de ayunar un solo día en que los demás comen que si hubiese ayunado siete días con toda la comunidad. Le parece más provechosa una breve oración particular que toda la salmodia de una noche. Durante la comida, rastrea su mirada por las otras mesas. Si ve que alguien come menos, se duele de haber sufrido una derrota. Entonces empieza a privarse sin miramiento alguno de lo que creía antes que debía comer, temiendo más el detrimento de la propia estima que el tormento del hambre. Si encuentra a alguien más demacrado y pálido, se condena a sí mismo por vil, y ya no vive tranquilo. Como no puede verse el rostro ni conocer el impacto de su semblante ante los demás, mira sus manos y sus brazos, se tienta las costillas, palpa las clavículas y las paletillas. De esta manera pretende comprobar lo que puede delatar su rostro según el estado de sus miembros, más o menos descarnados.

En fin, vive siempre al acecho de sus propios intereses y es indolente en los asuntos comunes. Vela en cama y duerme en el coro. Se pasa adormilado toda la noche durante el canto de las vigilias. Después, mientras los demás respiran el sosiego del claustro, él se queda solo en el oratorio; carraspea y tose; y desde el rincón donde se encuentra aturde con sus gemidos y suspiros a los que están fuera sentados. Con todas estas rarezas carentes de mérito, se acredita un excelente prestigio ante los más ingenuos, que tienen por cierto lo que ven y no se paran a pensar de dónde procede tal rumor santo, aplicado a ese individuo; e incurren en engaño.

 

 

SEXTO GRADO: LA ARROGANCIA

 

El arrogante cree cuanto de positivo se dice de él. Elogia todo lo que hace y no le preocupa lo que pretende. Se olvida de las motivaciones de su obrar. Se deja arrastrar por la opinión de los demás. En cualquier otra cosa se fía más de sí mismo que de los demás; sólo cuando se trata de su persona, cree más a los otros que a sí mismo. Aunque su vida es pura palabrería y ostentación, se considera como la encarnación misma de la vida monástica, y en lo íntimo de su corazón se tiene por el más santo de todos. Cuando alaban algún aspecto de su persona, no lo atribuye a la ignorancia o benevolencia del que le encomia, sino arrogantemente a sus propios méritos. Así, después de la singularidad, la arrogancia reclama para sí el sexto grado. Sigue la presunción, que es el séptimo.

 

 

SÉPTIMO GRADO: LA PRESUNCIÓN

 

El que está convencido de aventajar a los demás, ¿cómo no va a presumir más de sí mismo que de los otros? En las reuniones se sienta el primero. En las deliberaciones se adelanta a dar su opinión y parecer. Se presenta donde no le llaman. Se mete en lo que no le importa. Reordena lo que ya está ordenado y rehace lo que ya está hecho. Lo que sus manos no han tocado, no está bien ni en su sitio. Juzga a los tribunales y prejuzga a los que van a ser juzgados. Si al reestructurar los cargos no le nombran prior, piensa que su abad es un envidioso o un iluso. Si le confían algún cargo insignificante, monta en cólera, hace ascos de todo, pensando que uno tan capaz para grandes empresas no debe ocuparse de asuntos tan triviales.

Es imposible acertar siempre, especialmente el que con tanta temeridad mete sus narices en todo, más por temeridad que por espontaneidad. Compete al superior corregir al que falta; pero ¿cómo va a confesar su culpa uno que ni piensa que es culpable ni tolera que le tengan por tal? Por eso, cuando se le culpa de algo, no se libera de ello, lo agrava., Si al ser corregido ves que su corazón reacciona con expresiones zahirientes, caerás en la cuenta de que ha incurrido en el octavo grado, denominado «la excusa de los pecados».

 

 

OCTAVO GRADO: LA EXCUSA DE LOS PECADOS

 

De muchas maneras se buscan paliativos para los pecados. El que se excusa dice: «Yo no lo hice»; o «sí lo hice, pero lo hice como es debido». Si ha hecho algo mal, dice: «No lo hice mal del todo». Si lo ha hecho muy mal, entonces dice: «No hubo mala intención». Si le convences de su mala intención, como a Adán y a Eva, se esfuerza por excusarse diciendo que otros le persuadieron. El que excusa con descaro las cosas evidentes, ¿cómo podrá descubrir con humildad a su abad los pensamientos ocultos y malos que llegan hasta su corazón?

 

 

NOVENO GRADO: LA CONFESIÓN FINGIDA

 

Aunque todos estos tipos de excusa son malos y el profeta los llama palabras malévolas, sin embargo la engañosa y soberbia confesión es mucho más peligrosa que la atrevida y porfiada excusa. Hay algunos que, al ser reprendidos de faltas evidentes, saben que, si se defienden, no se les cree. Y encuentran, los muy ladinos, un argumento en defensa propia. Responden palabras que simulan una verdadera confesión. Como está escrito, hay quien se humilla con malicia, mientras dentro esta lleno de engaños. El rostro se abate, el cuerpo se inclina. Se esfuerzan por derramar algunas lagrimillas. Suspiran y sollozan. Van más allá de la simple excusa. Se confiesan culpables hasta la exageración. Al oír tú de sus mismos labios datos imposibles e increíbles que agravan su falta, comienzas a dudar de los que tenías por ciertos. Ahora en sus labios una confesión por la que merecía alabanza, mas la iniquidad anida oculta en el corazón. Quien lo oye, piensa que se acusa más por humildad que por veracidad; y le aplica aquello de la Escritura: El justo, al empezar a hablar, se acusa a sí mismo.

Ante la reputación de los hombres prefiere naufragar en la verdad antes que en la humildad; pero ante Dios naufraga en las dos. Si la culpa es tan clara que no puede taparse con estratagema alguna, entonces hace suya la voz del penitente, pero no el corazón; con esta voz borra la mancha, pero no la culpa. Así, la ignorancia de una clarísima transgresión queda contrarrestada con el noble gesto de una confesión pública.

¡Qué preciosa es la humildad! La misma soberbia procura revestirse de ella para no envilecerse. Pero ese subterfugio es descubierto muy pronto por el superior si no se ablanda fácilmente ante esa soberbia humildad, disimulando la culpa o difiriendo el castigo. El horno prueba los vasos del alfarero; la tribulación selecciona a los auténticos penitentes. El que hace penitencia de verdad, no aborrece el trabajo de la penitencia; acepta con paciencia y sin la menor queja cualquier orden que le impongan para reparar una culpa que detesta. Y si en la misma obediencia surgen conflictos duros y contrarios, si tropieza con cualquier clase de injurias, aguanta sin desmayo. Así manifiesta que vive en el cuarto grado de humildad.

En cambio, el que se acusa con fingimiento, puesto a prueba por una injuria incluso insignificante, o por un minúsculo castigo, se siente incapaz de aparentar humildad y disimular el fingimiento. Murmura, brama de furor, le invade la ira y no da señal alguna de encontrarse en el cuarto grado de humildad. Más bien pone de manifiesto su situación en el noveno grado de soberbia, que, según lo descrito, puede ser llamado, en sentido pleno, confesión fingida. ¡Qué confusión tan enorme bulle en el corazón del soberbio! Cuando se descubre el fraude, pierde la paz, se va marchitando la reputación y, mientras, queda intacta la culpa. En fin, todos le señalan con el dedo; todos le condenan, y la indignación sube de tono cuanto más descubren el engaño del que hasta ahora eran víctimas. El superior debe mantenerse firme; y piense que, si le perdona, ofendería a todos los demás.

 

 

DÉCIMO GRADO: LA REBELIÓN

 

El farsante ya no tiene remedio, a menos que la misericordia divina le tienda su mano compasiva. Es casi imposible que acepte las acusaciones de los demás. Lo normal es que se vuelva más recalcitrante cuando constata que su situación llega a ser desesperadamente agobiante. Así incurre en el décimo grado, y se alza en rebelión. De ahora en adelante ya no habrá más arrogancias personales ni desprecios fraternos solapados. Las desobediencias y vilipendio s al maestro mismo son tan claros como la luz del día.

Tengamos en cuenta que todos estos grados, doce en total, pueden reducirse a tres. Los seis primeros se refieren al desprecio a los hermanos; los cuatro siguientes, al desprecio del maestro; los dos restantes, al desprecio de Dios. No olvidemos tampoco que estos dos últimos grados de soberbia corresponden inversamente a los dos primeros de humildad y que deben subirse antes de comprometerse en la vida comunitaria.

Por esta misma razón son dos grados a los que nunca debe llegar hermano alguno. La Regla misma presupone que deben subirse previamente, según leemos en el tercer grado de humildad: El tercer grado, dice, consiste en someterse por amor de Dios al superior con una obediencia sin límite. Si se coloca la sumisión en el tercer grado, el novicio la adquiere cuando se asocia a la comunidad. Se supone, por tanto, que ya ha subido los dos grados anteriores. En fin, cuando el monje desprecia la concordia de los hermanos y las órdenes del maestro, ¿qué está haciendo en el monasterio sino fomentar el escándalo?

 

 

UNDÉCIMO GRADO: LA LIBERTAD DE PECAR

 

Después del décimo grado, que llamamos rebelión, el monje es expulsado del monasterio o se marcha él mismo. Inmediatamente cae en el undécimo, y entonces entra por unos caminos que a los hombres les parecen rectos, pero cuyo fin, a no ser que Dios lo impida, sumerge en lo profundo del infierno, es decir, en el desprecio de Dios. El impío, cuando cae en lo profundo de los pecados, cae también en el desprecio. Por eso el undécimo grado puede encabezarse con el título de libertad de pecar. Aquí el monje no ve ya a un maestro a quien teme ni a unos hermanos a quienes respeta; se goza en realizar sus deseos con tanta mayor tranquilidad cuanto más libre se ve de quienes, en cierto modo, le cohibían por el pudor o por el temor.

Si ya no teme a los hermanos ni al abad, aún le queda un cierto rescoldo de temor a Dios. Y su razón, que todavía insinúa algo, antepone ese temor al deseo y ejecuta cosas ilícitas no sin una cierta pesadumbre. Imita al que vadea un río; no se precipita, entra más bien paulatinamente en la corriente de los vicios.

 

 

DUODÉCIMO GRADO: LA COSTUMBRE DE PECAR

 

Después de que en el terrible juicio de Dios han quedado los primeros pecados impunes, se repite con agrado el placer ya experimentado; y con la repetición se torna halagador. Con el ardor de la concupiscencia, la razón se adormece y la costumbre le esclaviza. El miserable se siente arrastrado hacia el abismo de las maldades. El cautivo es un esclavo de la tiranía de los vicios, hasta el extremo de que, aturdido en la vorágine de los deseos carnales y olvidado de su razón y del temor de Dios, dice como el necio para sí: No hay Dios. Desde ahora su norma moral es el placer; y no impide que su espíritu, sus manos y sus pies piensen, ejecuten e investiguen cosas ilícitas. Malévolo, fanfarrón y delincuente, maquina, parlotea y lleva a cabo cuanto le viene al corazón, a la boca o a las manos.

En fin, lo mismo que el justo, después de haber subido todos estos grados, corre hacia la vida con un corazón gozoso y sin trabajo, en alas de la buena costumbre, así el impío, cuando ha bajado todos los grados correspondientes, ya no se rige por la razón ni se domina con el freno del temor; los malos hábitos se lo impiden, y se lanza temerariamente hacia la muerte. Entre estos dos extremos están los que se esfuerzan y angustian; aquellos que, atormentados por el miedo del infierno o embarazados por sus antiguas malas costumbres, se debaten sufriendo continuos altibajos.

Solamente corren sin tropiezos y sin fatiga los que están en el grado supremo o en el ínfimo. Unos van veloces hacia la muerte, y otros hacia la vida. Estos caminan con alegría; aquéllos se alocan vertiginosamente. A los primeros, la caridad les estimula. A los segundos, la pasión les arrastra. Unos y otros no sienten el peso de la vida; pues tanto el amor perfecto como la iniquidad consumada echan fuera todo temor. La verdad da seguridad a unos; la ceguera, a otros. En consecuencia, e! duodécimo grado puede ser denominado costumbre de pecar; costumbre en la que se pierde el temor de Dios y se incurre en desprecio.

 

Dice el apóstol Juan: No digo que se ore por uno como éste. Entonces tú, apóstol, ¿quieres que se desespere? Todo lo contrario; que el que le ama, ore. No piense en orar, pero tampoco deje de llorar. ¿Qué estoy diciendo? ¿Quedará algún resquicio de esperanza allí donde la oración ya no tiene sentido? Escucha a alguien que cree y espera, pero que ya no ora: Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano. ¡Qué fe tan enorme! Cree que el Señor, de haber estado allí, habría podido impedir la muerte con su presencia. Y ahora, ¿qué? Lejos de nosotros pensar que quien creyó al Señor capaz de conservar vivo a Lázaro dude de que pueda resucitarlo una vez muerto. Pero así y todo, dice, sé que Dios te dará lo que le pidas. Luego responde al Señor que le pregunta dónde le pusieron: Ven a verlo. ¿Para qué? Marta, nos das un maravilloso testimonio de fe. Pero ¿cómo desconfías con tanta fe? Ven a verlo, le dices. Si no desconfías, ¿por qué no continúas y dices: «y resucítalo»? Si desconfías, ¿por qué cansas inútilmente al Maestro? ¿Es que la fe consigue algunas veces lo que la oración no se atreve a pedir? Por último, cuando se acerca al cadáver, le paras y le dices: Señor, ya huele mal; lleva cuatro días. ¿Dices esto por desconfianza o con disimulo? También el Señor resucitado fingió ir más lejos, cuando lo que quería era quedarse con los discípulos.

¡Oh santas mujeres, amigas de Cristo! Si amáis a vuestro hermano, ¿por qué no pedís con repetidas instancias la misericordia del Señor, si no podéis dudar de su omnipotencia ni de su clemencia? y responden: «Aunque parece que no oramos, de esta forma oramos mejor. Si a primera vista desconfiamos, de hecho confiamos con mayor intensidad. Testimoniamos la fe, ofrecemos el amor. El no necesita que se le diga cosa alguna; sabe lo que deseamos. Sabemos que todo lo puede, pero este milagro tan grande, único e inaudito, aunque está en sus manos, excede en mucho los méritos de nuestra humildad. A nosotras nos basta con abrir el paso a su poder y prestarle una ocasión a la piedad, prefiriendo la esperanza paciente en lo que El quiera al intento temerario de conseguir lo que tal vez no quiere. En fin, pensamos que la modestia debe suplir la laguna de nuestros méritos». Después de la grave caída de Pedro, percibo sus sollozos, no su oración; y, sin embargo, no dudo del perdón.

Aprende también de la Madre del Señor a tener una gran fe en los milagros y a conservar una cierta timidez respecto a esta enorme fe. Aprende a revestir la fe de modestia y a sofocar la presunción. No tienen vino, dice. ¡Qué lacónica y reverente sugerencia! Es expresión de su tierna solicitud. Una buena lección que aprender en situaciones parecidas, donde siempre es mejor llorar con piedad que pedir con presunción. María moderó el ardor de la piedad con la sombra de la modestia; atemperó humildemente la plena confianza que su oración le inspiraba. No se acercó con petulancia, no habló públicamente para decir arrogancias delante de todos: «Se ha acabado el vino, los convidados están disgustados, el esposo confundido; anda, Hijo, actúa». Aunque su ardiente corazón y su fervoroso afecto le sugiriesen tales expresiones y otras muchas, sin embargo, la piadosa madre se acerca en privado al Hijo poderoso y no incita su poder; simplemente tantea su voluntad: No tienen vino, dice. ¿Es posible mayor modestia, una fe más profunda? A su piedad no le faltó la fe; tampoco gravedad a las palabras ni eficacia al deseo. Si ella, siendo madre, olvidándose de lo que era, no se atreve a pedir el milagro del vino, yo, esclavo despreciable, que tengo como timbre de gloria el ser siervo del Hijo y de la Madre, ¿voy a tener la osadía de pedir la vida para uno que lleva cuatro días muerto?

 

También se habla en el Evangelio de dos ciegos. Uno de ellos recibió la vista, y el otro la recuperó; es decir, uno la había perdido, y el otro había nacido ciego. El que había perdido la vista se atrajo la gran misericordia por su clamor lastimero e intenso; en cambio, el que había nacido ciego, sin pedir nada, recibió la iluminación del que era su luz. Don totalmente gratuito en el que la miseria brilla a la par con el portento. En fin, a uno le dijo: Tu fe te ha salvado; al otro, en cambio, no. Leo también tres resurrecciones: dos al poco de morir, y una después de cuatro días de enterrado. De los tres casos, sólo aquella niña que estaba aún en casa de cuerpo presente fue resucitada por causa de las oraciones de su padre; los otros dos casos fueron un asombroso derroche de bondad.

 

Del mismo modo, si aconteciera, lo que Dios no permita, que alguno de nuestros hermanos muriese, no en el cuerpo, sino en el alma, mientras todavía está entre nosotros, yo pecador, con mis oraciones y las de todos los hermanos, importunaría una y otra vez al Salvador. Si reviviera, habríamos ganado al hermano. Pero si no merecemos ser escuchados, al no poder soportarnos mutuamente los vivos y los muertos, enterraremos al difunto. Pero yo le seguiré llorando entrañablemente, aunque ya no rezaré con plena confianza. No me atreveré a decir en alta voz: «Ven, Señor, y resucita a nuestro muerto». Temblando, con el corazón en vilo, no cesaré de exclamar interiormente: «Tal vez el Señor atienda el deseo de los humildes y su oído escuche los anhelos del corazón». Y aquello otro: ¿Harás tú maravillas con los muertos? ¿Se alzarán las sombras para darte gracias? Y sobre el que lleva cuatro días enterrado: ¿Se anuncia en el sepulcro tu misericordia o tu fidelidad en el reino de la muerte? Mientras tanto, el Salvador, si quiere, puede repentina e inesperadamente hacérsenos encontradizo y conmoverse, no por las oraciones, sino por las lágrimas de los que llevan al difunto; y, por fin, devolverle la vida; o si ya está sepultado, llamarle de entre los muertos.

He llamado muerto a aquel que, excusando sus pecados, ha incurrido ya en el octavo grado. En efecto, un muerto, puesto que no existe, es incapaz de confesar sus pecados. Quien traspasa el umbral del décimo grado de soberbia, que es el tercero comenzando a contar por el octavo, se le expulsa de la fraternidad del monasterio y se le saca a enterrar en el sepulcro de la libertad de pecar. Después de pasar el cuarto, contando siempre a partir del octavo, se es ya cadáver de cuatro días; y al incurrir en el quinto por la costumbre de pecar, se le entierra.

 

Nunca ha de cesar en nuestros corazones la oración por esos tales, aun cuando no nos atrevamos a hacerlo públicamente. Pablo también lloraba por los que habían muerto impenitentes. Y aunque ellos mismos se excluyen de las oraciones comunitarias, no les podemos marginar de nuestra compasión como hermanos. Consideren ellos mismos el gran peligro en que se encuentran; porque la Iglesia, que ora confiadamente por los judíos, los herejes y los gentiles, no se atreve a orar públicamente por ellos. Y el día de Viernes Santo, que ora expresamente por toda clase de pecadores, no hace mención alguna de los excomulgados.

 

 

 

 

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