EL BUEN CELO (C.72)
LAS RELACIONES FRATERNAS (RB 72)
Terminamos la formación espiritual del trienio saboreando lo que se ha venido en llamar “el testamento espiritual de san Benito”. El capítulo 72 se une al prólogo: éste como declaración de intenciones, aquel como quintaesencia de todo lo expuesto.
Por tanto, y dado que esta sesión es especial, no habrá etimologías, no habrá comentario exhaustivo ni notas en latín. Os ofrezco unas pinceladas de lo que varios autores han comentado respecto a este capítulo, clave de la vida cristiana y de la espiritualidad monástica benedictina.
Os invito, como trabajo final, a que os “enfrentéis” a pelo con el capítulo72 de la Regla, a que oréis cada frase lapidaria, cada palabra; a que os empapéis del espíritu con que fueron escritas y del espíritu que de nuevo quiere escribirlas en cada uno de vosotros. Y, después, os invito a que escribáis y compartáis algo de las resonancias que quedan en vosotros.
Como tenéis todo el verano por delante, también os adjunto un archivo con un artículo de Cistercium escrito por el Abad de Císter, titulado “La diaconía cisterciense”. Seguro que ya varios lo conocéis pues formaba parte del programa del anterior congreso de laicos en Claraval.
J.E. Bamberger
Lo más importante de este capítulo es el hecho de ofrecer la perspectiva en que se debe leer toda la Regla. La dimensión de la caridad, el fervor, que es su síntoma y su resultado, es la cosa más importante para el monje.
G.M. Colombás
El testamento espiritual de san Benito canoniza las relaciones interpersonales, henchidas de caridad. Los hermanos que conviven en un mismo monasterio y forman una sola familia espiritual deben estimar y cultivar con el mayor esmero semejantes relaciones.
J. Chittister
La espiritualidad benedictina es solicitud para con la gente con la que se vive. Vive de la escucha de la voz de Dios en todos los aspectos de la vida, y en especial los unos en los otros y aquí, donde estamos. Debemos aprender a escuchar lo que Dios dice en nuestra simple, a veces insensata y siempre incierta vida cotidiana.
El celo amargo es el fanatismo religioso que hace un dios de la devoción religiosa, nos encierra en nosotros mismos, nos ciega a los demás, nos hace sordos y mudos ante las demandas cotidianas.
El celo bueno con compromete con la felicidad de la comunidad humana.
B. Dalmau
El hermano debe ser honrado como tal, sin mirar si es superior o inferior, porque el buen celo anula toda distinción. La aceptación paciente de las debilidades, tanto físicas como morales, encaja con la convivencia de la caridad. Hay que tener la complacencia de la obediencia recíproca. Buscar el provecho del otro más que el propio es uno de los distintivos paulinos de la caridad. El amor gratuito, desinteresado brota del amor de Cristo. Y la dimensión vertical del amor garantiza el alcance de la meta, la vida eterna.
A. de Vogüé
Encontramos las “honras mutuas” del capítulo 63, también la “dilección por el abad” del 64 y la “obediencia mutua” del 71. También recuerda varios instrumentos de las buenas obras (772,11 y 4,21; 72,4 y 4,70; 72,5 y 4, 16.30). Con sus ocho máximas que conducen a la vida eterna, es como una segunda lista de buenas obras. El buen celo se refiere a las buenas relaciones de los hermanos entre sí y con su abad, en un ferviente amor a Dios y a Cristo.
Las relaciones mutuas revisten un carácter común, el de la caridad. Amor y caritas se repiten dos veces cada uno y además se añade dilligere, de modo que aquí prevalece el lenguaje del amor sobre el de la honra y el temor. Otras máximas que no hablan expresamente de caridad: paciencia, obediencia, búsqueda del bien del otro, preferencia por Cristo, ¿qué son sino amor?
El triunfo de la caridad como conclusión de toda la Regla, nos hace pensar en el final del gran tratado de la humildad. Así como la escala de la humildad se elevaba del temor al amor, del mismo modo los últimos capítulos de la Regla se elevan a una visión de conjunto de las relaciones fraternas donde ya no se trata prácticamente más que de amar. En ambas partes se descubre la caridad al término de una ascensión, como el resultado de una pedagogía y la coronación de un orden.
Las honras y la obediencia ahora son “mutuos”, sin restricción. Aunque el orden y sus leyes subsisten, la caridad tiende a desbordarlos. Ninguna precedencia resiste a sus instancias.
C.M. Just
Si no se detiene en los detalles, es porque ha caído ya en la cuenta de que es más importante el fuego interior que anima todas las dimensiones de la vida.
La vida de comunidad es exigente y requiere un largo aprendizaje. Los miembros de la comunidad no son ni ángeles ni demonios, sino personas, un cañamazo que es mezcla de luz y tinieblas, de bien y mal; pero cada uno está en crecimiento, Dios la trabaja, cada uno vive su esperanza.
La comunidad es el lugar donde se pondrán al descubierto mis limitaciones y mis egoísmos. Cuando se empieza a vivir con otras personas a jornada completa, es cuando descubres tu propia pobreza, tus debilidades, tu incapacidad para entenderte con algunos, los bloqueos, tu afectividad tu o sexualidad perturbadas, esos deseos que parecen insaciables, tus frustraciones, tus celos, tus odios, tus impulsos destructores… Mientras estabas solo, podías hacerte la ilusión de que amabas a todo el mundo. Ahora que vives en compañía te das cuenta de cómo eres incapaz de amarlos a fondo. La vida comunitaria es pues la revelación de tus limitaciones y de las tinieblas de tu existencia. Esta revelación es difícil de aceptar. Entonces se rechaza la vida de comunidad y la relación con los otros. Te buscas mil excusas, acusas a los demás y persigues los monstruos que ves en ellos.
Cuando descubrimos que somos aceptados y amados de veras por los otros, empezamos a aceptarnos y a amarnos mejor a nosotros mismos. La comunidad se transforma en el lugar donde podemos ser nosotros mismos sin miedo alguno; se convierte en lugar de vida, de crecimiento y de gozo.
La vida comunitaria, aun descubriendo la herida profunda que todos llevamos, es para nosotros una fuente de vida, nos hace tocar nuestra propia pobreza y nos abre a la humildad y a la confianza. Y se va creando en mí un sentimiento profundo de pertenecer a esta comunidad; y constatas que a medida que va creciendo en ti la unidad interior, crece más y se profundiza también el sentido de pertenecer a la comunidad.
Amamos a los otros porque nos sabemos amados por Dios en Jesucristo. Y este mensaje nos lo comunican también a nosotros los hermanos por el hecho de sentirnos amados por ellos. Cristo quiere ser amado en el tú concreto del otro. Y este deseo de Cristo sólo podemos satisfacerlo si tomamos a los otros en serio, no como simples objetos de un ejercicio piadoso, sino como personas que merecen ser amadas por sí mismas con un amor ferventísimo.
I.D. Huerre
Deseamos el celo ingenioso del amor, pero estemos convencidos de que sólo lo conseguiremos si servimos a los demás y nos situamos por debajo de ellos. Sin humildad no se puede amar, y esto significa en la práctica: perdonar siempre, renunciar a todo juicio temerario y no excluir nunca a nadie de la caridad. Todos somos responsables unos de otros.
Este capítulo podríamos resumirlo así: olvido de sí y total entrega al prójimo, estímulo en la atención mutua, hacer lo que es útil a los demás, soportar, amar… Y esta actitud no es debilidad sino que demuestra una fortaleza que nace del amor.
Nada debemos anteponer a su amor. Pero preguntémonos: ¿no hay cosas que las preferimos a Cristo? Bastará que se nos niegue cualquier cosa, que sintamos cualquier contrariedad, que se estorben nuestros planes… para ver cómo reaccionamos.
En cada frase de este capítulo oímos la llamada del Señor que quiere poseer nuestro corazón. El amor es todo el sentido de nuestra Regla, pero su testimonio sabemos que exige sacrificio; sólo se puede manifestar a los demás a base de abnegación y olvido de uno mismo. Si nos esforzamos en este sentido, trabajaremos para toda la iglesia. En el silencio del Cuerpo místico edificaremos y adoraremos a Dios en espíritu y en verdad.