COMPILACIÓN DE AFORISMOS SOBRE EL “ARTE ESPIRITUAL”
“LOS INSTRUMENTOS DE LAS BUENAS OBRAS”
(RB. 4)
La mayoría de los autores se quedan “sorprendidos” ante este capítulo 4 de la RB: “es indudablemente el texto más inesperado”, tiene apariencia de bloque errático”, “se trata de un nuevo procedimiento pedagógico”.
Parece no tener relación con los capítulos vecinos, desconcierta su forma de expresión, despista que junto a preceptos fundamentales (“amar a Dios y al prójimo”) se encuentren otros tan accesorios (“no ser glotón” o “no ser soñoliento”). Sin embargo un examen detenido prueba no sólo que buena parte de su terminología y su contenido doctrinal se encuentra en los capítulos 5, 6 y 7 sino que forma con ellos una unidad literaria, los prepara y anticipa; de forma que de alguna manera, los capítulos de la obediencia, el silencio y la humildad no hacen más que desarrollar y elaborar ciertos “instrumentos de las buenas obras”.
Al principio de la parte ascética del código monástico se propone una larga lista de sentencias morales, y la mayoría no específicamente monásticas sino simplemente cristianas, para que el monje las aprenda de memoria y procure ponerlas en práctica como preparación para la Pascua definitiva. Por tanto este capítulo está más relacionado con los capítulos vecinos de lo que parece: Anuncia la trilogía de virtudes monásticas (obediencia, silencio, humildad) y anticipa temas que serán desarrollados en los distintos grados de humildad.
Podemos decir que el “arte” (capítulo 4º) y la “escala” (capítulo 7º) son dos metáforas equivalentes que expresan una y otra el esfuerzo hacia la vida eterna, concebida como una “retribución” y una “recompensa”.
El capítulo 4º es uno de los más largo de la RB. Consta de tres partes, extremadamente asimétricas. Contiene, ante todo, un catálogo de 74 “instrumentos” o máximas morales que, sin preámbulo alguno, empieza por el primer precepto del decálogo y termina invitando a no desesperar jamás de la divina misericordia. Sigue, a manera de epílogo, el anuncio de la “paga” que recibirá el obrero que los hubiere utilizado fielmente. Y, finalmente, en una sola frase se indica en qué taller deben utilizarse los instrumentos.
Se ha querido descubrir un orden lógico; pero parece que no lo hay; las sentencias si parecen formar pequeños grupos, reunidos en torno a un mismo tema (mandamientos, obras de misericordia, escatología, etc.). Algunos descubren os partes:
· vv. 1-40: mayor abundancia de referencias bíblicas y la continua insistencia en los deberes para con el prójimo.
· Vv. 41-74: referencias bíblicas menos claras pero elaboración más sistemática y más centrada en los deberes para con Dios y uno mismo.
Las expresiones” ante todo” y “después”, recogidas en el primer versículo, nos ponen de manifiesto la importancia y el orden de los dos grandes “instrumentos”, que no son otros que el amor a Dios y al amor al prójimo.
Los preceptos del decálogo son un toque de realismo y recuerdan al monje su comunión profunda con todos los hombres en el bien y en el mal y se cierran con la “regla de oro”.
La persona de Cristo aparece en las sentencias más decisivas, como razón última de la existencia del monje y como objeto y garantía de su amor: el monje, a fin de seguir a Cristo, se niega a si mismo (10); no antepone nada a su amor (21; en él encuentra la roca firme para mantenerse fiel en el combate (50) y en el amor de Cristo se siente capaz de rogar por los enemigos 72).
La abnegación; de sí mismo a fin de conseguir la libertad para seguir a Cristo se ha de concretar en una serie de prácticas ascéticas; entre ellas, el ayuno que tiene como contrapartida la generosidad respecto al prójimo.
Los versículos del 20 al 33 están construidos de forma semejante a los anteriores: se hace un llamamiento a la renuncia para seguir a Cristo y se especifica el objeto de la renuncia centrado en la convivencia con los hermanos y, más concretamente ,al mantenimiento de buenas relaciones fraternas mediante la mortificación de lo referente al tema de la ira.
La frecuencia con que aparecen las palabras “amar” y “desear” indica la preocupación de S. Benito por las actitudes profundas de las que nacen las actuaciones concretas. El monje ha de ser sobre todo hombre de deseo. Dicho amor se dirige sobre todo a las personas y se lleva a delante de múltiples maneras. Se trata de un programa rico en sugerencias para la vida en fraternidad.
Merecen atención especial los instrumentos dedicados a los llamados “novísimos” (44-47. Hablar hoy de estas cuestiones parece algo “trasnochado”; sin embargo una teología sería en estas cuestiones escatológicas no tendría porque alejarnos de nuestra fidelidad al mundo y a su presente, sino que nos podría ayudar a descubrir la dimensión más profunda de todas las realidades que nos rodean. Y sobre todo, daría consistencia y dinamismo a nuestra vivencia de la fe.
Tales son los instrumentos del arte espiritual. No precisamente para que queden consignados por escrito en este capítulo de la Regla, sino para ser manejados “incesantemente día y noche”. Es una labor que no admite descanso. Sólo la muerte temporal pondrá fin a la misma: Entonces será el momento de retornarlos y recibir la paga por el trabajo realizado. La paga no la conocemos exactamente, ni podemos conocerla. S. Benito, más sobrio que la Regla del Maestro, sólo se limita a aducir un texto paulino: “Lo que ojo nunca vio ni oreja oyó, lo que Dios ha preparado para los que le aman (1 Cor 2,9). Esta representación puede parecer interesada, poco generosa; sin embargo no deja de ser profundamente evangélica (especialmente en Mateo).
Sabemos cuales son los instrumentos, sabemos también cuál es el arte en que hay que ejercitarse. A continuación se nos dice dónde se debe trabajar = “el taller”; éste es el recinto del monasterio y la estabilidad en la comunidad. El primer término estaría indicando un ámbito material; mientras que el segundo estaría indicando un clima humano y religioso, la pertenencia a una comunidad y la permanencia en una familia monástica concreta.
Nadie duda de que los obreros, que no son mencionados explícitamente, son los monjes. En el Prólogo se menciona como el Señor buscaba a “su obrero” en medio del gentío: También en el capítulo 7 se compara al monje con un obrero (v. 49 y 70).
Esta es pues la visión de la vida monástica que se desprende del “catecismo” en forma de máximas que es el capítulo 4 de la RB: el monje es el obrero de Dios, que en el taller del monasterio, y en compañía y comunión de otros obreros que forman su familia religiosa, trabaja día y noche en un oficio enteramente espiritual, manejando unos instrumentos también espirituales, que son las virtudes, y esperando de la gracia y la misericordia de su Señor que el día bendito en que éste le pida cuentas y él le devuelva los instrumentos, pueda recibir al fin la recompensa de sus afanes: “lo que ojo nunca vio ni oído oyó...”
Propuesta de TRABAJO PARA EL TRIMESTRE
· Lectura de los apuntes dados en Huerta.
· PARA IR PROFUNDIZANDO:
- Una primera lectura del capítulo 4º de la RB.
- Subraya todos los números en los que aparezca Cristo o Señor y profundízalos haciendo una pequeña reflexión por escrito sobre ellos
- Subraya aquellos instrumentos más necesarios para trabajarlos en tu propia vida.
- Dice S. Benito que el “taller” es el “monasterio y la estabilidad en la comunidad”, ¿cómo traducir esto en tu experiencia de Laico Cisterciense.
· Poner en común en los grupos lo que nos ha enriquecido el tema.